
Crónica de una Era Dorada y su Reinvención

Para muchos, el SIMO era una cita profesional de lunes a viernes en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo de Madrid. Pero para los que crecimos en una familia «olivettiana», la feria era algo mucho más especial: era la expectación de un fin de semana mágico y el orgullo de ver a nuestros padres en el centro de un mundo que estaba cambiando a golpe de bit.
El estilo Olivetti: Dos plantas y un bar «secreto»
Recuerdo perfectamente la ilusión de esas semanas a finales de los 80 y principios de los 90. Mi padre, por entonces en la división de Grandes Cuentas, solía tener que acudir los sábados o domingos. Aunque hoy nos parezca extraño, en aquellos años de expansión tecnológica el negocio no descansaba; muchos clientes de bancos o grandes empresas como Induyco aprovechaban el paseo familiar del finde para cerrar acuerdos entre stands, uniendo la vida personal con esa pasión por la informática que lo inundaba todo.


Entrar en el pabellón era una experiencia sensorial. Nada más subir a la primera planta, a la derecha, se alzaba el stand de Olivetti. Gracias a esa inconfundible vena estética italiana, no era un simple mostrador; era una estructura de dos plantas de diseño vanguardista, con su zona de exposición y un bar privado escondido donde se cerraban los tratos con un café o una copa, lejos del bullicio. Para un chaval apasionado de la informática, aquello era el paraíso: volver a casa cargado de bolsas, pegatinas y la sensación de haber visto el futuro antes que nadie.


El secreto detrás del cajero: Del gris al color
En el stand había una sección que siempre me fascinaba y que me hacía sentir un auténtico «insider»: los cajeros automáticos. Para el público general, un cajero era una caja de hierro imponente y misteriosa. Pero para los que conocíamos la casa desde dentro, el secreto era mucho más humano.


Recuerdo la satisfacción de saber que, dentro de ese chasis blindado, lo que realmente latía era un ordenador «normal» de la casa, como un M290. Eran PCs equipados con periféricos especiales, auténticos tanques diseñados para aguantar encendidos 24/7. Además, Olivetti fue pionera en romper la monotonía del sector bancario. Hasta entonces, la banca era una experiencia de fósforo verde y puro texto. Ver en el stand esos primeros terminales con pantallas gráficas a color era impactante; de repente, los menús tenían vida. Mientras los visitantes miraban la máquina con respeto, yo sonreía sabiendo que ahí dentro había una tecnología familiar que mi padre dominaba al detalle.


«Solo valen para jugar»
A veces, entre tanto despliegue de WordStar, Lotus 1-2-3 y terminales financieros, yo intentaba poner un poco de color llevando mis propios discos con juegos para pasar las horas muertas en algún PC del stand. Era curioso ver la reacción del público. Recuerdo a un visitante que, queriendo dárselas de experto ante su novia, soltó al pasar frente a mi pantalla: «Bah, estas máquinas solo valen para jugar». Qué poco sabía aquel hombre que esos juegos estaban exprimiendo el procesador y la gráfica de las máquinas de mi padre mucho más que cualquier procesador de textos de la época.


El cambio de ciclo: El fin de una mística
Sin embargo, nada dura para siempre. Con el paso de los años, el sector empezó a cambiar y, de rebote, la feria inició un declive que hoy vemos con melancolía. Aquella industria del hardware potente, con fabricación occidental y márgenes que permitían servicios de lujo, empezó a ceder ante la estandarización global y los clónicos asiáticos.
El SIMO, que en su apogeo llenaba pabellones enteros, empezó a dar tumbos sin un sentido claro, convirtiéndose en una feria residual y mucho más pobre. La informática dejó de ser una aventura para convertirse en una herramienta cotidiana de bajo coste, y en ese proceso, se perdió la mística del Pabellón de Cristal.
La capacidad de reinvención
Ese cambio de ciclo también marcó un punto de inflexión en la carrera de mi padre. Tras años defendiendo los colores de Olivetti, llegó el momento de iniciar nuevos caminos. Pero, lejos de amilanarse, aplicó esa visión estratégica que le dio la gran escuela italiana para lanzarse a la siguiente frontera: Internet.
Se convirtió en proveedor de servicios de red en aquellos años en los que conectarse era todavía una odisea de módems ruidosos. Fue otra etapa de pionero, luchando hasta que las grandes operadoras acabaron con el espacio para los independientes. Pero aquel no fue el final; su trayectoria le llevó después a un sector totalmente diferente, donde también supo cosechar éxitos.
Al final, entiendo que lo que mi padre aprendió en aquellos pasillos del SIMO no era solo a vender ordenadores; aprendió a leer los tiempos y a no tener miedo al cambio. Olivetti pudo haber perdido su sitio en el escaparate tecnológico, pero el espíritu de innovación y la elegancia para afrontar los retos que nos transmitieron a toda una generación siguen, a día de hoy, intactos.
José Manuel Molina
Abril 2026