Recuerdos de un Olivetiano desmemoriado. Capítulo 3º

Por José Manuel Aguirre

                – NUESTRO PERÍODO INICIAL DE FORMACIÓN –

Como sabéis, cuando Olivetti estableció en Barcelona su primera fábrica el año 1929, creó la sociedad  Hispano Olivetti s.a. Después de nuestra guerra incivil, en 1940, fundó una nueva empresa con el nombre de Comercial Mecanográfica s.a., que tenía como misión  sus actividades comerciales y de servicio en todo el territorio español. Nosotros las conocíamos con los acrónimos de HOSA y COMESA, respectivamente.  HOSA fabricaba fundamentalmente máquinas de escribir, importaba materias primas y exportaba parte de los productos terminados. COMESA importaba productos fabricados en Italia para comercializarlos en  España, juntamente con los que le suministraba nuestra fábrica. Éstos constituían la base de sus ventas.

Pues bien, todas las personas que ingresaban en COMESA para  trabajar en la parte comercial o en el STAC (Servicio Técnico de Asistencia al Cliente) tenían necesariamente que pasar, además de la preceptiva revisión médica,  por un curso previo de formación. Después, los imperativos de una tecnología en muy rápida evolución, de los  inclementes cambios en el entorno, las exigencias siempre crecientes de los clientes y los desafíos de una competencia al principio débil pero que, con el paso de los años, iba a mostrarse cada vez más agresiva hicieron que la formación fuera una actividad casi permanente en nuestra empresa.

A partir de 1956, COMESA casi cada año reclutaba un pequeño grupo de universitarios jóvenes. Los sometía a un programa de formación ad hoc  que, por principio, incluía un tiempo de dura experiencia sobre el terreno como vendedores de distrito. Superada la prueba inicial, se asignaban los destinos en función de las necesidades de la empresa y, con suerte, de las capacidades de cada uno. El objetivo de estas acciones era proveerse de personas destinadas , una vez adquirida la suficiente experiencia, a ocupar determinados puestos de responsabilidad en la empresa.   

La primera promoción de universitarios inició su andadura el 2 de noviembre de 1956. La integraban Manolo Alonso, Agustín Ceballos, Javier Tomeo y Luis Vich. La siguiente ingresó en la empresa el 3 de noviembre de 1957. Sus componentes eran Enrique  Braune de Mendoza – el primero que fue destinado a Rápida  s.a.-; José Luis De Miguel; Paco Herrero  y un tal Marina. Entre ellos y nuestra promoción hubo otras más y en ellas estaban los Antonio Florensa, Mariano Mas de Xaxás, Enrique García de Arboleya, Enrique Roselló, Juan Arturo Lázaro y algún otro cuyo nombre se resiste a mi memoria. Después de nosotros llegaron muchos más. Citaré sólo a Antonio Clavero, que se incorporó el mismo año que nosotros, y a Alfonso Boullosa y Enrique Pie, que lo hicieron en 1964. Tras ellos la lista se haría muy larga.

Los seis componentes de nuestro grupo éramos licenciados en Derecho. Además, Ángel Torres había estudiado Económicas en la universidad suiza de Fribourg. Juan Pedro había cursado parte de sus estudios en Alemania. Nos sometieron a un período de primera formación dividido en dos etapas: una en la fábrica, de carácter industrial,  y la otra, de índole comercial, en el Centro de Formación de Vendedores.

Cuatro primeros universitarios, los de la promoción del 56. (Son, de izquierda a derecha, Agustín Ceballos, Javier Tomeo, Luis Vich y Manuel Alonso)

La fábrica nos impresionó, en primer lugar, por sus dimensiones. Vimos asombrados como unos operarios se trasladaban de un sitio a otro recorriendo en bicicleta unos larguísimos pasillos subterráneos.  Luego, nos llamaron particularmente la atención la guardería infantil para los hijos de los trabajadores, la piscina, la cancha de baloncesto y los comedores. Durante algo más de  una semana,  pasamos por todos los departamentos. Visitamos las diversas instalaciones del taller, donde admiramos las enormes y potentes  prensas y los precisos tornos y luego, recorrimos las cadenas de montaje. Nos desagradó sobremanera que los métodos de racionalización del trabajo obligaran a las personas a repetir monótonamente muy pocas tareas, casi siempre las mismas. Un trabajo alienante que no dejaba espacio alguno a la propia iniciativa  ni posibilidad de desarrollo personal. Eran realmente cadenas, en la acepción más dura de la palabra. En todas partes se nos explicaba la naturaleza, finalidad y concatenación de las operaciones y no quedaba por contestar ninguna de nuestras preguntas.

Recorrimos otros departamentos, entre ellos los de compras y el de producción. En éste,  flanqueando a su director, uno de los hermanos Altimis, estaba un joven ingeniero. Era Pedro Pastó, que años más tarde sería compañero nuestro como director del STAC. En otro departamento, me pareció reconocer en otro técnico a quien, años antes, cuando él era alférez, con su gorro cuartelero ladeado,  veía subir con aire pinturero por el centro del “paseo de Gracia” del campamento de Los Castillejos de la milicia universitaria. Era Miquel Torelló. También me encontré con Carlos Ávila, compañero mío de bachillerato y estudiante brillantísimo. Él y su colega Ruiz Palá,  ambos ingenieros en  Olivetti, escribieron un libro sobre la teoría de las colas que, traducido al inglés, encontré en el Massachussets Institute of Technology, de Boston, como libro de texto. Para que no tengáis que consultar la Wikipedia, ya lo he hecho yo por casi todos nosotros. La teoría de colas es un estudio matemático de las líneas de espera. Se la considera una rama de la investigación operativa. Tiene muchas aplicaciones, entre ellas, la logística de los procesos industriales de producción. (De nada).

Lo que más nos impresionó fue la visita al centro de cálculo. Entonces lo llamaban “el cerebro electrónico”. Disponía  de un equipo Bull que recibía la información vía tarjetas perforadas y la devolvía procesada en forma codificada en una cantidad enorme de pesadísimos tabulados. Estaba instalado en una especie de santa santorum que tenía el acceso muy restringido. El hecho de que nos dejaran visitarlo nos hizo sentir importantes. Su director era un ingeniero italiano, Giorgio Melloni, asistido eficazmente por otro transalpino del sur. Persona  simpatiquísima, pero temible cuando se enfadaba. Su apellido, Ramazzini.

Con ellos estaban – como colaboradores muy eficaces – Mariangela Pretti y José  Batlle, hoy presidente de la Asociación de Jubilados de Olivetti.

Pasada esa semana nos recluyeron en un pequeño taller. Allí, un afable instructor que se apellidaba Ferrer y que lucía unas pobladísimas cejas que nada tenían que envidiar a las del actor  Akim Tamiroff y hasta las del mismísimo Leónidas Breznev,  desmontó con una destreza total una Lexicon 80 ante nuestras curiosas  y atentas miradas. Nos explicó la naturaleza y el funcionamiento de las diversas piezas y mecanismos de la máquina, por supuesto llamándolas a todas por su nombre. Después de responder a cada una de nuestras preguntas con todo detalle, nos entregó un destornillador y una máquina sin carcasa a cada uno con la pretensión de que la desmontáramos y luego la volviéramos a montar. Creo que conseguimos desmontarlas, pero nadie fue capaz de volver a montar su máquina. Estoy seguro de que ni el más optimista de nuestros instructores esperaba que lo hiciéramos.

 Desalentados, pronto abandonamos esta imposible tarea  y nos quedamos sin nada que hacer. Durante un par o tres de días nos dedicamos a la práctica de  inocentes pasatiempos culturales compitiendo entre nosotros. No hubo un claro vencedor. Recuerdo que se entabló una pugna entre Ángel y Pepe muy divertida. Se tomaron la cosa casi como un desafío personal, aunque no llegó nunca la sangre al río. Uno de esos días apareció por allí, luciendo un veraniego y elegante traje de color blanco crudo, Luis Bellsolell, por entonces director del STAC. Luego sería un buen compañero y amigo de todos nosotros. Pero aquel día, al ver en qué nos entreteníamos, nos dijo muy circunspecto: ¿No tienen ustedes otra manera mejor de aprovechar el tiempo? Ni él esperó nuestra respuesta ni nosotros cambiamos de actividad.

Cuando nos comunicaron que el período de formación en fábrica había concluido, suspiramos aliviados. La experiencia había sido muy grata en todos los aspectos, excepto en la obligación de levantarnos cada día a las cinco de la mañana. El horario de verano de fábrica era de las 6 a las 14 horas, con un breve descanso para desayunar. 

Barcelona, 9 de julio de 2008

1 comentario en “Recuerdos de un Olivetiano desmemoriado. Capítulo 3º”

  1. RECUERDOS.
    Leyendo los recuerdos de José Manuel, no he podido evitar comparar lo mucho que se parecen a los míos. También nosotros tuvimos un proceso de formación, muy similar y recuerdo lo mucho que nos asombraba la cantidad de tiempo que la empresa dedicaba a ello, y el mucho tiempo que perdíamos. Yo creo que de los casi tres meses que duró nuestro periodo de formación, al menos un mes lo dedicamos a contar chistes. Quizás alguno de mis compañeros, Ruiz Ayúcar, Pérez de Villar, Luis Ariño o José Manuel López y Pérez del Arco lean esto y puedan corroborarlo. Igual que José Manuel, yo también estuve durante quince días montando y desmontando una Lexicon 80 en la Fábrica. Creo recordar que López Bedoya era nuestro instructor, y debía ser muy bueno, porque nosotros sí llegamos a montarla de nuevo. Lo que ya no se es si luego funcionaba. También nos dieron la paga de vacaciones completa y por supuesto las tres semanas. Qué tiempos aquellos de la gran Olivetti, donde sobraba el tiempo y se ganaba el dinero a espuertas.

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