
Ya he escrito alguna vez que, cuando Juan Pedro Fernández de Losada, Ángel Torres (e.p.d.), yo y tres compañeros más ingresamos en le empresa en junio de 1963, Hispano Olivetti era punta de lanza en el sector industrial de la economía catalana y española, de lo poco homologable que quizá teníamos en una Europa que nos ignoraba, con una fábrica que impresionaba no solo por la arquitectura del edificio, situado desde 1942 en un punto estratégico, en la conjunción de los dos mayores ejes de comunicación de la Barcelona futura, por sus dimensiones, su concepción moderna, la funcionalidad de sus instalaciones, la competencia de su equipo directivo, con un conjunto de ingenieros en donde se equilibraba la experiencia con la juventud, al frente de unas 3.600 personas. Pero sin duda también porque la mayoría de sus trabajadores eran personas satisfechas entonces ellos y ellas de trabajar en una empresa que bien podía calificarse de modelo por todas estas cosas pero sobre todo por sus excelentes servicios sociales.
Si bien cuando Olivetti se estableció en España en 1929 lo hizo como una sola empresa, Hispano Olivetti S.A., con domicilio social en Barcelona en la Via Laietana número 37, en 1940 se consideró necesaria la creación de Comercial Mecanográfica, según se dijo en función del crecimiento de la actividad industrial y comercial de la empresa. Motivo poco creíble. Alguien bien informado me dijo hace años que el verdadero motivo de la división en dos sociedades no fue esa, sino otro de naturaleza fiscal.
Es sabido que la actividad industrial comenzó en un local de alquiler de la calle Pallars. La sede central de las actividades comerciales, Comercial Mecanográfica S.A., siguió en Via Laietana hasta que en los años 50 se trasladó a los céntricos locales de la Rambla de Catalunya cercanos a la plaza del mismo nombre. Fue en el año 1963 cuando pasó a ocupar el espléndido edificio de la ronda de la Universitat.
En el área comercial, si bien en lo que concierne a sus servicios sociales en Barcelona los empleados gozaban prácticamente de los mismos beneficios que los de fábrica, en lo referente a la estructura central de su equipo directivo la situación era diferente. Ya lo he comentado en un escrito anterior y no insistiré. En 1963 trabajaban en Comercial Mecanográfica unas 1.000 personas. De ellas relativamente muy pocas en la sede central. Hemos perdido el dato.
Una pequeña muestra si queréis curiosa y algo significativa del funcionamiento de COMESA (ese era el acrónimo de la empresa frente a HOSA, de la industrial), era que su gerente, el dott. Angelo Vernetti durante unos cuantos años ocupaba parte de su tiempo en registrar en unos curiosos cuadernillos, que yo conocí y no sé a qué manos fueron a parar, los datos estadísticos de la empresa, las ventas mensuales y la facturación, por modelos y por cada una de las sucursales, los registros progresivos y poca cosa más. Eran aquellos tiempos en que era mucho más fácil vender que fabricar.
En 1962, delegó este trabajo en Juan Arturo Lázaro Ramón, su secretario particular. Nuestro buen amigo Lázaro – eso es lo que fue – merecería un escrito en exclusiva por su diligencia, discreción, buen hacer y, por encima de todo, su bondad. He tenido la suerte de conocer en Olivetti, aquí y en Italia, a muchas personas excelentes, un regalo que nos brinda la fortuna o el azar, en mi caso inmerecido en exceso. Ahora, en las postrimerías de mi vida, cuando los recuerdos de las personas por suerte aún permanecen vivos y afinan sus perfiles, el recuerdo de la calidad personal de Juan Arturo Lázaro, que en mi modesta opinión es canonizable, está en primer lugar en competencia sobresaliente con tantas personas como me gustaría nombrar. No es este el momento. De todos los licenciados en Derecho que por aquellos años contrató Olivetti, Lázaro era el único que era abogado. Estaba colegiado en Valencia. A pesar de vivir en Barcelona y no ejercer nunca quiso renunciar a su título. Estaba casado con Carmen Vicente, una prestigiosa doctora, valenciana como él y especializada en cirugía vascular. Aunque la traté poco, recuerdo con gratitud que mi familia recibió de ella un exquisito trato. Permitidme recordar aquí que Lázaro tuvo la gentileza de regalarme un curioso Tratado elemental de Matemáticas, encuadernado en piel, impreso en Mallorca en 1813, escrito de orden de S.M. por D. Josef Mariano Gallego, para el uso de los caballeros seminaristas del seminario de nobles de Madrid y demás casas de educación del Reyno. Ahí queda eso.

Cuando superado el periodo de formación me pusieron a las órdenes de Lázaro, Comercial Mecanográfica tenía sus oficinas centrales en los locales de Rambla de Catalunya. Sin embargo, Vernetti tenía su despacho en la fábrica, próximo al del presidente, Gian Luca Peyretti. Lázaro tenía el suyo próximo al de su jefe. Con él estaba su secretaria, Pepita García. Los dos vieron reducido su espacio, que ya lo era de por sí, para dar cabida al recién llegado. De hecho, Lázaro, mi calculadora, la magnífica Tetractys que había aprendido a manejar durante el periodo de formación, y yo compartimos mesa de trabajo durante casi un año.
Lázaro, que ya tenía otros quehaceres, delegó en mí las tareas estadísticas y de ello me ocupé hasta nuestro traslado a ronda Universidad a mediados de 1964 y en los años a seguir.
Para mi sorpresa, en el nuevo edificio me ubicaron en un espléndido espacio con sol casi todo el día en la parte posterior de la planta octava y la colaboración de tres personas, Mariano de Ciria, Paquita Cortés, a la que me asignaron como secretaria, y Rosita Barragán, que nos dejó al poco tiempo. Naturalmente este incremento de personal trajo consigo el aumento de la carga de trabajo. Quedó constituido el departamento de Estadística de COMESA. Compartíamos piso con la gerencia, el grupo de secretarias, la dirección comercial – Ceballos y sus colaboradores – la de concesionarios – Carlo Maria Cignetti – y el departamento de estudios de la competencia, que dirigía Juan Pedro Losada.
Lo que ocurrió después ya lo he narrado en varios capítulos escritos en 2008 (¡Hace 18 años!). De lo que no escribí apenas, con excepción de lo relativo al censo del parque mecanográfico de 1967, fue de los trabajos y estudios que llevamos a cabo desde entonces.
El Censo, no me cansaré de repetirlo fue una investigación sin parangón en España. El resultado de toda una organización comprometida con el resultado. Las 182.711entrevistas realizadas por 554 personas en el espacio de tres meses nos permitió conocer muchas cosas acerca del mercado en el trabajábamos. Me remito a lo escrito en los capítulos 26 a 29 de las llamadas quizá sin venir a cuento Memorias de un olivettiano desmemoriado. Pero también dejó muchas preguntas por responder. No eran el objetivo de la investigación. Algún resultado generó algunas dudas. El término Censo tenía un significado que quizá no era el adecuado para el estudio. El censo como registro de personas o cosas tiene carácter exhaustivo. Y nuestro trabajo ni lo tenía ni lo pretendía. Quedaban voluntariamente fuera del mismo el territorio de los concesionarios y todo el sector público central, desde siempre muy importante. Por ello aunque las respuestas eran muchas también lo eran las preguntas que no fueron objeto del estudio.
Una de ellas podía ser ¿Cuántas máquinas de escribir de oficina había en el país y cuántas quedaron fuera del Censo? El Ufficio Studi Economici de Italia que había hecho su censo dos años antes que nosotros, concretamente mi profesor y amigo el dott. Giovanni A. Bocca que lo proyectó y lo dirigió ya se planteó luego la pregunta para el mercado italiano. Cuando conocí su estudio, propuse a nuestro director general, el ingeniero Riccardo Berla hacerlo también nosotros. Le encantó la idea y en 1967 lo hicimos siguiendo el modelo italiano.
La pregunta llevaba implícita algunas más. ¿Cuál era el parque mecanográfico total? ¿Cómo fue creciendo el parque mecanográfico? ¿Cuál era la cuota de mercado de Olivetti en el total? ¿Cuál era su evolución? Ambas preguntas valían para las máquinas manuales y las eléctricas. ¿Cuál era la edad media del parque? ¿Cuál era el mercado de máquinas a sustituir? (Nuestra venta de máquinas a cambio tenía una cierta entidad en aquellos años). Y algunas otras, por ejemplo, las relativas al importante mercado de las máquinas de escribir portátiles.
Dos instrumentos estadísticos eran necesarios para responder a las preguntas relativas al parque de máquinas de escribir que pudiéramos denominar profesionales: la cantidad de máquinas que nosotros y nuestros competidores habíamos vendido a lo largo de los años, a la que denominaremos consumos aparentes, y una ley de mortalidad y supervivencia a aplicar a estas cifras año a año. La suma de estos cálculos nos daría la del parque existente al final de cada año. El cálculo no era difícil pero sí engorroso para una Tetractys y para mí. Para un Excel hubiera sido coser y cantar. O si se quiere, bufar i fer ampolles, como decimos en catalán. En 1969, estábamos muy lejos todavía de disponer de la bendita hoja de cálculo.
La serie histórica de consumos aparentes de máquinas H. O. la obtuvimos de tres diversas fuentes: los datos relativos a nuestras ventas desde 1930 a 1950, ambos inclusive, son en realidad datos de producción. No logramos, en 1969, encontrar datos de venta o facturado de estas máquinas. A partir de 1951, empleamos datos de venta (pedidos) hasta 1959. Y ya en 1960 trabajamos con datos de facturación.
En cuanto a las máquinas vendidas por nuestros competidores a partir de 1920, aunque puede suponerse que eran casi piezas de museo en aquella década, sus cifras de venta en la de los 30 con la Guerra Civil y sus consecuencias, tampoco debieron ser muy importantes. El caso es que hasta que empezaron a publicarse las del comercio exterior en nuestro país, cosa que ocurrió en 1954, carecimos de esa información.
Por lo que se refiere a la que denominamos ley de mortalidad y supervivencia ya puede suponer el lector que carecíamos absolutamente de datos para formularla. No teníamos más solución que recurrir a la ley utlilizada por Giovanni Bocca para aplicarla al mercado italiano. Dicha ley se basa en una hipótesis que parece razonable y que él imaginó. Podría ponerse en tela de juicio la idoneidad de un modelo calculado en Italia para explicar el comportamiento del mercado español. Sin embargo, su prudencia y el hecho de que hayan transcurrido casi 10 años entre su formulación y la fecha en el que lo aplicamos a nuestro mercado nos pareció suficientemente admisible. Además, los resultados que se obtuvieron de su aplicación resisten una crítica lógica, como se verá más adelante.
Para no cansar al lector, dejo para un próximo capítulo la presentación de los datos básicos para el estudio: ley de de mortalidad y supervivencia utilizada y consumos aparentes del mercado español en el periodo 1930-1968 para contestar a la pregunta que da título a este escrito y que parecía continuación lógica después del Censo. PERO ¿CUÁNTAS MÁQUINAS HABÍA? y los resultados y las conclusiones que obtuvimos del mismo. Importantes y, hasta cierto punto, sorprendentes algunos.
José Manuel Aguirre
Mayo 2026