
Una consideración previa.
Lo que yo puedo aportar actualmente sobre el mundo Olivetti es una visión externa desde un horizonte profesional muy agresivo, de un período concreto de la consociada española en una coyuntura de crisis técnica, económica y social que otros, que continuaron, podrán valorar si fueron una culminación o el comienzo de una debacle empresarial, pero que desde mi punto de vista fue el momento brillante de la única multinacional a través de la que España en aquel momento tenía proyección internacional. La otra podría ser la SEAT de matriz FIAT, pero no tenía el alcance de la Hispano Olivetti. Pero era también, lo supe después, la última gran empresa integral mundial de fabricación, distribución, comercialización y mantenimiento de su producto. Por ejemplo, mi servicio de gas doméstico actualmente me lo hacen cinco empresas diferentes y dudo que ninguna de ellas se preocupe ni remotamente de formar a su personal en el espectro completo profesional y humano como lo hacía COMESA, acrónimo, según me explicaron, de «Comercial Mecanográfica Sociedad Anónima» empresa para la comercialización en exclusiva de OLIVETTI en España.
Vamos por orden.
Soy Carlos Rubio García, nací en Madrid, en 1942. Estudié el Bachillerato y el Preuniversitario de entonces y en 1959 entré en la universidad. Con el plan vigente (1957) había que empezar las carreras de Ciencias con un curso Selectivo normalizado, esto podía ser en varios centros, en mi caso la intención era la Facultad de Físicas de la Universidad Complutense, pero… el último día de matrícula (normal dejar estas cosas para el último momento cuando tienes 17 años) la cola se salía por la puerta y el procedimiento de dar propina a un bedel para que te guardase un número no entraba en mis cálculos. Así que como alternativa me fui a la Escuela de Ingenieros Industriales, al otro lado de la ciudad, y me matriculé allí.
Había menos cola (chicas, ninguna), por la razón elemental de que allí ese curso era muchísimo más difícil con un suspenso casi garantizado en el primer año… etc… etc… Al cabo de 9 años fui Ingeniero Industrial de la especialidad Técnicas Energéticas (en palabras normales “energía atómica”) y un año después completé el Proyecto (lo que ahora sería un máster de segundo ciclo) y me puse a trabajar en la empresa privada.
Cuando cuento esta anécdota “administrativa” los oyentes jóvenes se sorprenden profundamente (los viejos mucho más, si conocieron aquellas circunstancias), pero teniendo en cuenta que, en lugar de cosmólogo acabé ingeniero con el número 12 de una promoción de 340, no es para decir que lo hice demasiado mal, cosas de adolescentes…
Mi primer trabajo como profesional fue en una empresa del Grupo Entrecanales de tratamiento de aguas, donde aparte de viajar a tajos de obra distantes y heterogéneos, aprendí la jerarquización que los Ingenieros de Caminos guardan escrupulosamente en los proyectos de obra civil: un ingeniero comandaba un grupo técnico de dos o tres peritos y, a su través, un segundo escalón de cinco o seis delineantes proyectistas. Yo figuraba como asimilado a perito en tanto se me reconociera la titulación, pero en una de las reuniones en la Central con los “seniors” fui interpelado de la siguiente forma: ”Oye, Rubio, ¿es cierto que tú llamas de tú a los peritos?”. Estaba claro que debía buscar otra cosa. Algunas ofertas, industria química en Tarragona, me rechazaron; otras, refinerías petrolíferas en Huelva, las rechacé yo.
Entonces en la prensa madrileña vi un anuncio que buscaba ingenieros para asistencia técnica en una empresa inidentificable llamada COMESA. Las pruebas de selección, que fueron varias, misteriosas y, a lo que parece, eliminatorias, tenían lugar en un edificio moderno de la calle Conde Peñalver de Madrid al que yo accedía a través de una exposición comercial de máquinas de coser (¡?).

Pero este proceso de selección no se parecía a nada de lo que hasta entonces conocía, en especial la última prueba era una competición entre los candidatos y cuando en tiempos recientes vi la escena de la selección de Will Smith en Los Hombres de Negro tuve la sensación “Esto ya me ha pasado a mí”. Puede valer como la anécdota del artículo.
La propuesta del panel de examinadores era: ·Una epidemia de ratas ha arruinado la economía del país. Además ha causado un trauma psicológico tan grave que incluso ha afectado al lenguaje común, con lo que ciertas palabras ahora son impronunciables, en concreto la palabra rata desata ataques de terror, por eso el gobierno ha propuesto a una comisión de expertos que busquen una palabra alternativa para designar a este roedor”.
La “comisión” de expertos éramos los seis candidatos supervivientes del proceso de selección de aquel anuncio de prensa. Nos dieron 45 minutos para, en discusión abierta, llegar a una conclusión que, a ser posible, tuviese consenso. En torno a la sesión y sentados en sillas bajas en los rincones estaban los examinadores, recuerdo que tras de mí se sentó un tipo delgado de pelo moreno ondulado impecablemente trajeado y que me recordó un galán de Hollywood de los cincuentas.
Desde luego lo sangriento de la prueba no se le escapaba a ninguno de los involucrados: Aquello era un duelo a tumba abierta. Esperando a escuchar primero las propuestas del resto aventuré con la sesión ya avanzada mi propuesta de que la palabra solución pudiera ser musa, que a diferencia de rata no tenía consonante fuerte y que además evocaba figuras amables del acervo cultural clásico; defendí la propuesta contra no recuerdo cuales otras y, procurando ser lo más persuasivo posible, conseguí un quórum ganador. Sé que me secundó un fulano bigotudo que tendía a tomarse a guasa todo aquello, se llamaba, lo supe después, Valentín García y fue contratado conmigo, evidentemente con la aprobación del controlador con aspecto hollywoodense que había estado sentado detrás de mi nuca y que luego me enteraría de que se llamaba Trenado.
Visto aquello y aunque las condiciones y el tipo de trabajo seguían siendo difusas, porque no se concretaban ni estipendios, ni responsabilidades, ni lugar de residencia a medio plazo, yo no hubiese renunciado al envite: comparado con el petróleo y las aguas residuales un empleo que empezaba con una selección como de juegos florales me pareció un edén profesional.
Tras superar el proceso de admisión, vinieron cinco años de Escuela STAC, prácticas de Mecánico, Jefe de Grupo de Cálculo, Jefe de Taller de Sucursal, Jefe de Sector y finalmente, staff de Organización y Métodos del STAC de Casa Central.
Y durante esos cinco años aprendí más de gestión empresarial y relaciones humanas que en ningún otro período de mi vida tras la infancia.
Carlos Rubio
Mayo 2026