Velada en el Restaurante «Alfredo» de Roma

Por Carlos Tutusaus.

En el año 1.960 fui por primera vez a Roma, pero fue a partir de 1.970, cuando, habiendo sido nombrado Director de la Sucursal de Entidades Oficiales – que más adelante llegó a ser División Estado Autonomías y Bancos -, el contenido de mi trabajo me llevó con relativa frecuencia a la “Ciudad Eterna”.

Por este motivo y como sentido recuerdo a nuestro compañero José Llanos (d.e.p.), relato a continuación una anécdota ocurrida en un viaje que hicimos juntos a Roma.


Habíamos empezado el paseo, aprovechando el tiempo disponible antes de la hora de cenar.

Aquél había sido un viaje relámpago. Llegamos a Roma la mañana del día anterior y regresábamos a España al día siguiente por la mañana.

El amigo Llanos y yo recibimos el encargo, por parte de nuestro Director General, de analizar los aspectos técnicos y comerciales de un producto fabricado por una empresa del Grupo Olivetti, con el fin de estudiar la conveniencia de su fabricación y venta en España.

Llanos, que conocía bien el norte de Italia, me comentó que no había estado nunca en Roma.

Hasta aquel momento, no se había presentado la oportunidad de hacer algo al respecto.

Era ocasión de remediar aquella situación, aunque fuese en forma muy limitada.

Eran las 6 de la tarde de un soleado y caluroso día del mes de Junio, cuando, más que un paseo, comenzamos un recorrido turístico. Yo me atribuí el papel de guía aficionado y mi compañero, con verdadera autenticidad, el de turista.

Nuestro hotel estaba a dos pasos de Vía Veneto y por ella empezamos nuestro recorrido en sentido inverso a su numeración.

Yo hacía los pertinentes comentarios sobre los locales y edificios que encontrábamos en el camino: Restaurante Harris, Café de París, Hotel Excelsior, un famoso Kiosco con abundancia de periódicos y revistas de varias capitales europeas y americanas… librería internacional abierta al público hasta medianoche… Embajada de EE.UU….

Quedaba un buen trecho de calle, con pequeños locales sobrios, sin mayor relevancia y solemnes edificios, cuya importancia era totalmente desconocida para mí.

Esto no revestía ninguna preocupación, porque los comentarios que podía hacer, sobre los locales antes mencionados cubrían perfectamente mi ignorancia, al tiempo que enriquecían en alto grado los conocimientos turístico-mundanos del amigo Llanos.

El que el núcleo de unos establecimientos concentrados en un espacio muy pequeño, de los varios centenares de metros del total de la calle, hubiera conseguido que Vía Veneto fuera famosa en el mundo, era para mí un hecho sorprendente.

No hay duda que los protagonistas eran el Hotel y el Café; el Kiosco y la librería eran meros comparsas.

El Hotel Excelsior era el más famoso de Roma. Para mí, distaba bastante de considerarse el mejor. Las dimensiones de sus espacios interiores (salón, bar, restaurante), estaban lejos de ser holgados. Era efectivamente lujoso, con habitaciones amplias y confortables, pero sus huéspedes debían soportar con cierta frecuencia las molestias de los cables, luces y otros enseres, cuando en su interior se rodaba la escena de la película de turno.

El Café de París, el otro protagonista, sin duda alguna, con mayor realce que el Hotel, era un establecimiento en permanente crisis financiera, que se salvaba del cierre definitivo gracias al salvavidas de Instituciones Municipales presionadas por el Pueblo Romano, a través de los medios de difusión.

Su mayor fuente de ingresos se producía en la muy bien equipada terraza, que invadía de manera muy notable, la acera enfrente del local.

Creo que allí nació el “morbo” que da fama a Vía Veneto. En algunas películas americanas, se había tocado el tema de refilón, pero especialmente “La Dolce Vita”, estrenada, si no recuerdo mal, en 1.960, acentuó notablemente su difusión. Algunas escenas de la película, que ofrece una historia de la decadente moral de un sector de la opulenta sociedad italiana, estaban rodadas en la reconocible entrada del Hotel y de la terraza del Café de Paris, en dónde de manera velada, se atisbaban escenas de comercio carnal.

A partir de ciertas horas de la tarde-noche, la terraza quedaba totalmente ocupada, aunque con una frecuente renovación de clientes. La mayoría turistas con el objetivo principal de haber tomado algo en aquel local. Si abrigaban alguna esperanza de observar algo llamativo, en general quedaban defraudados.

Sólo un observador paciente, a horas avanzadas, podía convertirse en espectador del cierre de una operación. Acomodado en alguna mesa del extremo cercano al Kiosco, se percibían personas paseando, merodeando, por delante de los clientes acomodados en la terraza. Se trataba indistintamente de chicas y chicos, todos ellos jóvenes y atractivos, vestidos con prendas de marca, ataviados con buenos relojes y complementos.

Estaban pendientes de cazar alguna mirada insistente que se cruzara con las suyas. En caso afirmativo, la operación estaba concertada. Se alejaban un poco, donde el contratista se reunía con ellos, y cerraban el trato. El “Morbo” estaba servido!

Un breve comentario sobre la embajada de EE.UU., de la que se decía que era el Centro de la Inteligencia americana en Europa y por ello había sufrido algún ataque terrorista. Cuando se sabía de alguna nueva tensión en Europa, no era insólito que la entrada de vehículos estuviese protegida por una tanqueta montada en la acera.

Con estas pinceladas informativas se cerró mi reflexión sobre Via Veneto, y así llegamos a Piazza Barberini. Allí se abrían varias calles, pero tenía muy claro la que debíamos elegir, Via Tritone. Por ella descendimos durante unos pocos minutos; giro a la izquierda y súbitamente nos encontramos contemplando la bellísima imagen de “La Fontana de Trevi”. Había empezado a anochecer, pero una buena iluminación permitía una visión perfecta del monumento. Cumplimos naturalmente con la tradición de asegurarnos volver a visitar la Fuente, mediante el oportuno lanzamiento de unas monedas.

Hacía poco que había leído el montante anual de la recogida de aquellas monedas. Ahora no recuerdo la cantidad, pero entonces me pareció sorprendente, aunque puede ser que al ser expresada en liras pareciera mayor.

Retrocediendo un poco por Via Tritone y cruzando al otro lado, al adentrarnos por una calle lateral, nos encontramos en muy poco tiempo al pie de la escalinata de la “Piazza di Spagna”.

También aquí había buena iluminación y los tramos de la escalera adornados con abundancia de flores. El conjunto resultaba magnífico.

Grupos de turistas hablando entre sí, en varios idiomas, daban al lugar un lozano aire festivo.

Para mí la Plaza tenía algo más. Uno de los edificios laterales, que mostré al amigo Llanos, era la sede de la organización comercial Olivetti, para la venta al Estado Italiano. Esto explica por sí solo no pocos viajes a Roma y una cierta soltura de movimientos en aquella zona de la ciudad.

Se había alcanzado la hora de cenar y yo había pensado en un restaurante no muy lejos de allí. Consulté a mi compañero por si tenía alguna preferencia. Su respuesta fue rotunda “iría a ciegas donde yo le llevase”.

La suerte estaba echada… bajamos por Via Condotti; los comercios de alto nivel que la hicieron famosa estaban cerrados, pero sus escaparates lucían con brillantez.

Pocos minutos más por Via del Corso y estábamos ante la entrada del Restaurante Alfredo. No podíamos imaginar entonces que nuestra cena estaría aderezada con elementos “borbónicos” de principio a fin.

Había conocido el Restaurante hacía unos 25 años y desde entonces, fundamentalmente durante los últimos 15 años, había acudido con cierta regularidad atraído por el buen ambiente que reinaba en el local.

Me gustaban y me siguen gustando los platos de pasta y en Alfredo “Los fettucini” son insuperables. Siempre nutrido de turistas, posiblemente por recomendación del personal de sus respectivos hoteles y además porque el comedor por toda decoración tenía prácticamente cubiertas las paredes de fotografías de comensales de fama internacional y nacional.

Antes de enfrascarse en la lectura de la carta, era una distracción placentera dar un ligero vistazo a las fotografías más cercanas, intentando reconocer algún personaje popular.

Nada más entrar, nos abordó un camarero para indicarnos que no había ninguna mesa libre, pero que en breve creía poder acomodarnos. Entretanto, nos sugirió que podíamos tomar un aperitivo en la barra del bar que se ubicaba a la izquierda del gran vestíbulo.

Mientras nos estaban sirviendo un “Punt e Mes”, me llamó la atención un conjunto de tres fotografías colgadas en la pared. Las tres tenían la misma puesta en escena, Alfredo prácticamente pegado a la persona que presidía la mesa, con un puñado de fettucini (naturalmente de guardarropía) en la mano, simulando pegarles un bocado.

Las tres fotografías estaban enmarcadas lujosamente formando un tríptico vertical.

En la primera estaba Alfredo (el abuelo del actual) al lado de John F. Kennedy. Debajo Alfredo (padre del actual), con Robert Kennedy. Por último, debajo, el Alfredo actual al lado de Juan Carlos I de España. El Rey, que presidía la mesa, estaba acompañado por la Reina, las Infantas y el Príncipe de Asturias.

Aparte de la sorpresa, valoramos también que por el nivel que alcanzaban las cabezas de las Infantas y el Príncipe, debía tratarse de una fotografía reciente.

Aprovechando que en aquel momento pasaba cerca de nosotros el Alfredo que acabábamos de ver en la fotografía, llamé su atención para preguntarle cuándo se había producido la visita de los monarcas al local. Se acercó a nosotros y sin contestar, empezó a relatar cómo se habían desarrollado los acontecimientos, que unos pocos días atrás, habían culminado con la imagen que teníamos delante.

Nos contó que en un determinado momento, al mediodía, con el restaurante absolutamente lleno, se presentaron dos funcionarios de la Embajada Española, para anunciarle que al cabo de unos 20 minutos se presentaría a comer la Familia Real Española, por expreso deseo del Rey Juan Carlos I.

Ante su natural sorpresa, pero con serenidad, tomó las medidas imprescindibles para atender una visita de esta índole. Mandó comprar un centro de flores. Decidió que no habiendo sitio disponible en el comedor, habilitaría una mesa, con la mejor vajilla, cubertería y cristalería que disponía el restaurante. Todo ello allí mismo, en el vestíbulo en el que estábamos hablando. Hizo colocar un biombo, para resguardar aquel espacio de las miradas de los clientes que tenían su paso a escasos metros.

Toda la explicación estuvo salpicada por frases como “grande onore” para el restaurante, que el Rey le llamó “Fredy”, desde el primer momento, diminutivo que sólo utilizaban sus familiares y amigos íntimos…, que el Rey había nacido en Roma y hablaba italiano perfectamente. Aprovechando que un camarero se acercó a decir que teníamos la mesa preparada, le hicimos saber que éramos españoles y que yo concretamente, vería al Rey unos días más tarde, en la Fiesta que daba en los Jardines del Moro del Palacio de Oriente, para festejar su onomástica, y le comentaría todo lo referente a su fotografía.

Desde que supo que éramos españoles y en cierta medida cercanos al Rey, Alfredo demostró su alta valoración y respeto, acompañándonos personalmente a la mesa.

Este hubiera podido ser el final de la historia, pero no fue así. Cuando después de cenar nos disponíamos a salir, Alfredo se acerco para decirnos que si no teníamos prisa, nos pediría que esperásemos a que se vaciara el local, para que él pudiese escribir una carta de felicitación al Rey, con el objetivo que yo pudiera entregársela en mano en la celebración de su onomástica. Naturalmente accedimos a ello. Al poco tiempo, un camarero nos instaló en otra mesa, junto con un caballero que se presentó como el administrador del negocio. Ya con el cierre echado, Alfredo se dispuso a escribir la carta. Nos sirvieron café y unos vasitos de grappa.

Aquello podía ser un trámite lento y laborioso y, sin embargo, no fue así. Con gran sorpresa y por ello tengo un recuerdo vivo de aquél momento, Alfredo, sin un solo titubeo, sin pausa alguna, sin una sola reflexión, empezó a escribir y en pocos minutos había llenado la página entera del impreso de cartas de su negocio. La firmó, la dobló, la metió en un sobre, la cerró, la dirigió al Rey de España y me la entregó. Justo el tiempo de tomar el café y probar la grappa.

Naturalmente llevé la carta a la Fiesta de la onomástica del Rey, el 24 de Junio de 1.985, y no propiamente al Rey, que estaba continuamente rodeado de personas para felicitarle. Se la entregué a D. Sabino Fernández Campo, con el que era más fácil tener un aparte y al que hice los comentarios oportunos sobre el caso.

Ahora si podría decir: ¡Caso cerrado!. Pero tampoco. Yo me sentí halagado por la confianza que Alfredo había demostrado. Su carta era más que una felicitación. Era, sobre todo, la expresión de un enorme agradecimiento por un acontecimiento que, sin duda, formaría parte de uno de los momentos más reseñables de toda una saga. Nada menos que tres generaciones de Alfredo´s.

Yo sentía una gran curiosidad por saber si aquello había tenido o no alguna continuación.

A las pocas semanas, tuve la oportunidad de visitar Roma de nuevo. Al mediodía me fui a comer fettucini al restaurante Alfredo.

Alfredo con un puñado de fettucini (naturalmente de guardarropía) en la mano, simulando pegarles un bocado.

Nada más entrar, Alfredo me vio, se acercó y con sus manos me cogió los dos brazos. La expresión de su rostro, antes que su voz, me dio la noticia. ¡¡¡El Rey le había contestado!!!

Comprendí perfectamente el nivel de satisfacción que ello representaba.

Otros muchos podrán presumir con orgullo de haber servido la mesa del Rey de España, pero muy pocos podrán alardear de haber recibido el trato de cercana cordialidad del monarca español, pero serán muchísimos menos, los que además podrán enorgullecerse de haber tenido correspondencia epistolar con el Rey Juan Carlos I de España.

Barcelona, Septiembre de 2.008
Carlos Tutusaus

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