Tomeo y sus ilustraciones inéditas

Una casualidad totalmente inesperada, ha coincidido con la labor de un movimiento de enseres domésticos y la aparición de un recorte de prensa dedicado a la obra literaria de nuestro querido excompañero en la Hispano Olivetti, Javier Tomeo. En él se desvela una curiosa parcela gráfica poco difundida en su terreno creativo por lo que nos anima a difundirla, con cierta permisividad, entre los que le conocimos personalmente compartiendo el día a día de nuestra actividad laboral.

Vaya por delante la aportación, tal cual, de la noticia periodística en la sección CULTURA.


LA VANGUARDIA, MARTES, 22 ENERO 1991

Josep Massot

  • La editorial alemana Wagenbach descubre la concepción plástica de las obras de Tomeo con la edición ilustrada de una de sus obras.

El autor contemporáneo español más representado en los escenarios europeos es un novelista. Cuatro obras de Javier Tomeo han sido vertidas al teatro y una de ellas, «Amado monstruo» con un éxito extendido a Francia, Suiza, Alemania, Países bajos, y próximo estreno en Portugal y Países Escandinavos. Ahora, la editorial alemana Wagenbach desvela una de las claves de la «dramaticidad» de la novelística de Tomeo, al publicar, en edición de lujo, «El castillo de la carta cifrada» (traducido como «El marqués que escribe una carta inesperada), ilustrada con los dibujos que el propio Tomeo realizó mientras escribía la obra.

Ha habido escritores dibujantes (Chesterton, García-Lorca…) y hasta excelentes pintores (Alberto Savinio, PierreKlosowky). Muchos directores de cine dibujan los cuadros escénicos antes de filmarlos. Tomeo, que comenzó pateándose las editoriales para ver fustrada su vocación como dibujante de historietass, afirma que, cuando comienza una obra, «primero escribo unas líneas y en seguida visualizo a los personajes». «

No es, por supuesto, que me considere un dibujante. Ni mucho menos -dice- pero es cierto que, antes de escribir algunas de mis novelas, las dibujo, las ubico en un espacio geográfico determinado». Tomeo dice que no se trata de un capricho y que le divierte «ser como un general que dirige el plan de operaciones de la novela, desplegando a mis personajes como si fueran peones, según una estrategia de los movimientos».

La explicación, para Tomeo, es que sus novelas tratan, sobre todo, «situaciones dramáticas más o menos prolongadas que acontecen siempre en espacios geográficos cerrados o, por lo menos, por espacios muy delimitados: una habitación, un teatro, una ciudad desierta, un despacho», y tras lo personajes, «el telón de fondo es siempre el mismo: una ventana, un cuadro. un rayo de sol que se desplaza imperceptiblemente, un cenicero de cristal de roca, un cigarrillo, un sillón, unas distancias determinadas que se deben respetar inexorablemente».

La novelística de Tomeo le obliga, entonces, «a recurrir una y otra vez a los mismos elementos escenográficos, lo que, lógicamente, entraña unas mayores posibilidades de utilizar esos elementos indebidamente o de incurrir en ambigüedades e incluso en contradicciones».

Son célebres los olvidos y equivocaciones en obras maestras de la literatura. Como el lapsus de Cervantes al resucitar el burro de Sancho Panza en la segunda parte de «Don Quijote»; el asesinato sin resolver en «El sueño eterno», de Chandler; la descripción que hace Kafka en «América» de una Estatua de la LIbertad enarbolando…una espada; o el error, entre otros muchos, de Homero, al no recordar que los pretendientes de Penélope podrían haberse defendido de la ira de Ulises con las hachas que habían sido dispuestas como blanco para la prueba de tensar el arco. Tomeo no quiere incurrir en contradicciones. «La razón de ser de mis dibujos o de mis planos es que necesito «ver¨ en todo momento cual es el lugar exacto y preciso que ocupan mis personajes y los objeto que les rodean en reducidos escenarios en los que les obligo a moverse»

Tomeo necesita conocer con toda precisión, por ejemplo, «cuáles son las particularidades del camino que tendrá que recorrer el sirviente que debe entregar una carta al propietario del castillo que se perfila en el horizonte. Necesito «ver¨ donde se levanta la cruz de piedra o donde está el puente que tendrá que cruzar el cartero o saber si este puente se encuentra antes o después de cruzar el bosquecillo de álamos. Necesito, asimismo, ver cuales son las calles que eligen las palomas que siguen a pie a mi feliz héroe por las calles de una ciudad desierta, o la butaca que ocupa cada uno de los dieciocho espectadores que, una noche de lluvia, han coincidido en un teatro absurdo en el que jamás se levanta el telón.

Otros escritores recurren a sinopsis escritas, chuletas, árboles genealógicos o mapas de la ciudad descrita, para no incurrir en contradicciones. Stendhal trazaba, en el margen de sus manuscritos, garabatos explicativos del texto. Tomeo se distingue por la concepción plástica o escénica de su narrativa, que al lale sirve de apoyo para descansar al lector de la intensidad de los monólogos o sus diálogos y contribuir a la creación de una atmósfera obsesiva.

El último ejemplo es la novela que está escribiendo, «Noche de Teatro». En un clima buñueliano, típico de «El ángel exterminador», varios espectadores se hallan obligados por unos acomodadores implacables a permanecer en el patio de butacas en espera de una obra que no llega a representarse. El drama se desarrolla entre los espectadores que se mueven por la sala como si fueran casillas de un tablero de ajedrez. «Saber donde están en cada momento, tenerlo controlados, me ha obligado a dibujar una representación visual, a la que me remito continuamente a la hora de escribir», dice Tomeo

Dibujo de Javier Tomeo para su última novela. El comportamiento de dieciocho personajes en un teatro absurdo en el que jamás se levanta el telón