Jordi Morató, todo un veterano

Por José Manuel Aguirre

La fiesta del pasado 18 de octubre, en la que conmemoramos el Centenario de la fundación de Olivetti, estuvo llena de gratas sorpresas y emocionantes encuentros. Sólo en los días previos a la celebración se publicó en nuestra Web la lista de los compañeros que habían comprometido su asistencia. Naturalmente, los miembros del comité organizador sabíamos de la progresión de las inscripciones a medida que se producían. Cada nuevo nombre era un motivo añadido de alegría y una expectativa más. Ésta era tanto mayor cuanto más tiempo hacía que no teníamos noticia del recién inscrito. Para mí, tal fue el caso de Jordi Morató. Posiblemente habían transcurrido casi veinte años desde que coincidimos por última vez en algún acto en la empresa.

Encontrarme con él y con alguno más de los veteranos de primera hora que acudieron a la fiesta me produjo sentimientos coincidentes de afecto y de respeto a la vez. Los años – ya tantos – nos dotan de una certera perspectiva para valorar el trabajo de aquellos compañeros ciertamente pioneros en las secciones de venta de nuestra empresa. La visión de Jordi Morató, junto a las de Antonio Saura y Juan Luis de Llanes, me llevaron a imaginar las circunstancias en las que empezaron a desempeñar sus actividades comerciales hace ya más de cincuenta años. Y todo ello me inspira un profundo respeto porque considero que coincidiremos al afirmar que iniciaron su vida profesional en condiciones ciertamente difíciles.

Jordi Morató ingresó en COMESA en marzo de 1956, cuando hacía apenas un mes que el país había soportado una de las olas de frío más duras que se recuerdan. Aún eran evidentes en muchos lugares las huellas de la guerra civil. Sólo tres años antes la renta per capita española había recuperado los niveles de 1935, el año anterior a la contienda. La dura mano de la dictadura se dejaba sentir en todos los aspectos de la vida cotidiana: en el trabajo, en la escuela y en la familia. La mayor parte de la población española no podía permitirse ningún lujo, cuando no carecía de lo más imprescindible. Hacía sólo cuatro años que habían quedado atrás las cartillas de racionamiento. Las oficinas de las empresas y de los organismos oficiales y los despachos profesionales apenas disponían de equipos de oficina. El optimista podría decir que el mercado estaba por conquistar. El realista era consciente de que los niveles de inversión que el país podía permitirse eran bajísimos. Según mis datos, en 1955 – el año anterior al ingreso de Morató en COMESA, se vendieron en España sólo 17.298 máquinas de escribir estándar nuestras y de la escasísima competencia entonces existente.

Algunos de los integrantes de la promoción de 1956. Entre ellos, Vilanova, Morató y Plantada.

También hacía pocos años que en la empresa habían empezado a constituirse las secciones de venta directa. De hecho, Jordi Morató recibió una somera y poco estructurada formación comercial de los jefes de grupo de entonces – vendedores algo más veteranos- concretamente los ya desaparecidos Padró y Oliva. Parece ser que fue Perdiguer el técnico que les introdujo en los arcanos de la mecánica. La escuela de formación de vendedores tuvo que esperar aún unos meses para su puesta en marcha. Como tantos otros, obtuvo su licenciatura en el duro trabajo cotidiano en la universidad de la calle en la que supo conquistarse y acreditó siempre una profesionalidad a toda prueba. Jordi me recordaba que la primera zona que le asignaron en Barcelona como vendedor de distrito correspondía a la zona alta de la Diagonal, lindante con Pedralbes. Hoy esto suena muy bien. Pero lo que ahora es zona de clubs recreativos, lujosas viviendas y despachos profesionales, en aquellos años era prácticamente territorio casi despoblado y extramuros. Al igual que contaba Llanes respecto a su zona de Horta, aquello estaba por urbanizar. La situación mejoró algo cuando le asignaron la zona de Sarrià y del Putxet. Y al igual que Llanes, Jordi recuerda con gratitud como el dott. Sinigaglia, consciente de lo lejana y mal comunicada que quedaba esa zona de trabajo, mandaba a su chófer que lo llevara hasta allí en su coche. Conserva de su jefe la imagen de un director inteligente y justo: de una magnífica persona, en suma. 

Simpática foto tomada con ocasión de la boda de Jordi Martí Morera. De izqda. a derecha:
Rincón, Pepe Herrero, Jordi Morató, Olivé, Pomares, Antequera, Pujol, Latorre, Llanes y Saura.

 Morató me recordaba que eran los años en los que una calculadora como la Divisuma 14 era un prodigio técnico y que las operaciones de venta de esta máquina no abundaban a pesar de que el mercado carecía casi totalmente de este tipo de máquinas. Hoy nos puede parecer increíble, pero como he dicho antes, entonces las empresas carecían de los más elementales instrumentos de gestión. También me recordaba divertido que, durante un tiempo, le acompañó en sus diarias gestiones Agustín Ceballos que en aquella época estaba en su período de prácticas.

En una comida con el Sr. Río a la izquierda.

Jordi Morató recordaba, sin lamentarse, el ingente trabajo que representaron los censos. No me podía asegurar que todos pusieran el mismo grado de interés en el trabajo, pero sí me dijo que la mayoría cumplió y bien. Me contó que Antonio Saura, por entonces jefe de grupo, se llevaba a su casa los cuestionarios para repasarlos por la noche uno por uno.

De pie y de izda.: Arnau, X.X., Balaguer, Río, Padró; agachados: Domenech, Morató, Plantada y X.X.

En mayo de 1973 fue nombrado jefe de grupo y, en 1979, la empresa le ofreció hacerse cargo de la sucursal de Manresa. Jordi pasó así a constituirse en empresario. Ha gestionado con éxito su negocio hasta el merecido momento de la jubilación.

      

Morató recuerda con nostalgia a sus compañeros de sus primeros años: a los Vilanova, Antequera, Alzuria, José María Roselló y a muchos otros, algunos, por desgracia, ya fallecidos. Rememora aquellos partidos de fútbol de algunos domingos. Formaban el equipo componentes de la sección de ventas en su mayoría, pero sin que quedara vetada la participación de cracks” procedentes de otros departamentos. “Culés” (la mayoría, Morató incluido) y “pericos” (los Rosselló y Sánchez, entre otros) se olvidaban de su rivalidad cuando se trataba de defender los colores de la empresa. Cualquiera que fuera el resultado del partido, todo acaba con un estimulante aperitivo, al que, en ocasiones, no era ajeno el dott. Sinigaglia.

En este equipo, quizá del año 57, Morató no ha identificado a nadie. Sin embargo, no puede pasarse
por alto la presencia de Manuel Río, de portero. Morató es el último a la derecha de los agachados.

Hace pocos días, en una conversación telefónica me recordaba un episodio particular. A primeros de la década de los 70, siendo ya jefe de grupo, fue elegido miembro del comité de empresa en representación de la sección comercial. Por aquel entonces las peticiones de los empleados para que sus hijos lograran una plaza en la guardería superaban con creces las disponibilidades. Se hacía necesario establecer un criterio lo más justo y objetivo posible de atribución de las mismas. El comité de empresa propuso a la dirección que se reservara el derecho preferente a los hijos de aquellos empleados industriales o comerciales que no desempeñaran cargo alguno en la empresa. Para predicar con el ejemplo, Jordi, que era jefe de grupo, renunció a que sus hijos continuaran en la guardería. Parecía que el criterio había sido aceptado de más o menos buen grado hasta que un día le llamó el dott. Vernetti, gerente de COMESA, para preguntarle por qué sus nietos no podían continuar en la guardería. Por lo que me cuenta Morató, Vernetti – que tenía una hija casada con un directivo de la DMC – no se había enterado bien del tema y creía que la cosa no iba con ellos. Cuando se le explicó la situación, la aceptó como todos los demás.

Durante la fiesta y luego en esa larga y cordialísima conversación telefónica, Jordi Morató me ha ido contando todas estas cosas. También ha querido que la narración de estos recuerdos suyos quedara ilustrada por un conjunto de fotos, casi todas con cincuenta años cumplidos, en donde ya no es posible identificar a todos los compañeros que aparecen en ellas. Naturalmente, en estas fotos destaca un jovencísimo Jordi, que se nos presenta lleno de optimismo y energía. Nos ha permitido recuperar imágenes de compañeros muy queridos que ya no están con nosotros y hasta sorprendernos con la figura juvenil y casi desconocida de un Manuel Río en su doble vertiente de profesional y de deportista, y en ésta, nada menos que defendiendo los colores del equipo olivetiano en el comprometido puesto de portero.

José Manuel Aguirre


Barcelona, 3 de diciembre de 2008

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