Félix Serrano es el narrador de la segunda etapa de Eusebio en el País Vasco.
A final de noviembre de 1970 llegamos mi esposa y yo, recién casados, a San Sebastián para hacerme cargo de la dirección de la sucursal en sustitución de Manuel López Río que volvía a Barcelona como Jefe de Área Comercial. Allí se encontraba ya Eusebio, traído de Bilbao por el Sr. Río desde hacía poco con la misión de reorganizar el taller que en los últimos tiempos había estado bajo el control de un mecánico veterano de confianza, Antonio Moreno, pero sin formación académica, como se pretendía que tuvieran los nuevos jefes de taller.
Desde el primer momento se produjo una aproximación personal fácil que en seguida se extendió al plano profesional. Varias razones confluyeron, creo, en que se hiciera posible: estar ambos casi recién llegados, ser prácticamente de la misma edad, yo un año mayor, y no menos importante, ser ambos aragoneses, él de Morata de Jalón, provincia de Zaragoza, y yo de Gargallo, provincia de Teruel. Incluso un amigo suyo que trabajaba en Michelin, en Lasarte, próximo a San Sebastián, había sido compañero de colegio mío en los Escolapios de Zaragoza.
En aquellos momentos, el director de la Sucursal aún tenía la responsabilidad global del negocio: Comercial, Taller y Administración por lo que casi a diario yo despachaba con Eusebio, sin perjuicio de que en los temas técnicos él se coordinase con los responsables del STAC en Barcelona. Poco a poco se fueron deslindando las responsabilidades a través de Jefes de Área Comercial, de Talleres y de Administración, dependientes de la Casa Central. No obstante, el Director de la Sucursal mantuvo una supervisión de primer nivel, digamos, y la representación institucional de la Compañía en el territorio de la Sucursal. Tanto bajo la primera organización como en la modificada, nunca tuvimos desencuentros profesionales y siempre actuó con buena disposición y eficacia.
Según nos fuimos tratando y conociendo mejor la relación profesional se extendió a la personal, de manera que ya éramos amigos. Era corriente que, a la salida del trabajo, sobre todo los viernes, fuésemos a tomar una cerveza a lo que también se añadía algún Jefe de Grupo comercial. Los fines de semana no nos veíamos porque atendíamos intereses diferentes por el distinto estado personal, soltero él y yo casado. Andando el tiempo Eusebio empezó a salir con una enfermera de la Residencia Nª Sª de Aránzazu, Pilar Zuloaga, quien se convertiría en su esposa. Cuando la relación se afianzó y hubo compromiso tuvimos la oportunidad de conocerla y tratarla en alguna salida a cuatro.
En agosto de 1.973 se casaron y fueron a vivir a un piso muy cerca de donde nosotros vivíamos desde junio de ese mismo año, con nuestra hija que había nacido el 1 de enero.
En 1975 la Sucursal, establecida en un edificio del casco antiguo con poco espacio, se trasladó a una moderna urbanización de la Avenida de Tolosa, en la salida de la ciudad hacia Bilbao, Pamplona y Madrid y cercana a la playa de Ondarreta, donde vivimos un episodio que nos preocupó las horas que duró.
En la Torre Eguzki Lorea ocupaba en tres plantas, una superficie de 1.200 m2. Sala de demostraciones y parte del Almacén en planta sótano, al que se accedía a través de una escalera desde la planta baja donde estaba la entrada de clientes, el Taller y resto del Almacén, y planta primera que albergaba la Sección de Ventas y la Administración.
Un viernes por la tarde se formó una tormenta de agua y viento muy fuertes, llamadas allí galernas, que fue arreciando y afectando especialmente a un punto débil como era una cristalera de unos ocho o diez m2 que daba luz y vistas desde la calle a la Sala de Demostraciones. La cristalera se componía de dos mitades unidas en el centro mediante una simple junta de silicona, con lo que era muy vistosa pero poco adecuada en un lugar donde arreciaban los vientos del cercano mar.
Terminada la jornada laboral el personal se había marchado, cosa que yo iba a imitar, cuando desde mi despacho que estaba encima de la escalera, empecé a oír ruidos raros y bajé a ver qué ocurría y me quedé helado. Por la fuerza del viento el cristal se curvaba hacia adentro sostenido precariamente por la silicona. Viendo que el viento podía terminar derribándolo y quedarse el hueco al aire sin protección alguna de verja o persiana, corrí a ver si aún quedaba alguien en el Taller y allí estaba el bueno de Eusebio que ya recogía antes de irse a casa.
Entre los dos pasamos un tiempo angustioso aplicando remedios de emergencia que no daban resultado, como poner un embalaje de máquina de escribir entre la barandilla de la escalera y el cristal y empujar los dos a un tiempo desde dentro cuando las ráfagas eran más fuertes. Así pasamos no sé cuánto tiempo, con más miedo que otra cosa, hasta que fue cediendo la borrasca y pudimos marcharnos, sin la seguridad de que no volviera a arreciar y se desbaratara todo aquello.
El lunes un carpintero metálico resolvió el problema poniendo entre las dos mitades una separación metálica que daba consistencia suficiente a los cristales. Nos quedó la anécdota para comentario jocoso ya que no hubo un accidente.
Transcurrido el tiempo, nacieron Javier y luego su hermana Mª Pilar, primeros de la pareja Eusebio – Mª Pilar.





