Una máquina infernal.

Leyendo los recuerdos y las historias de estas páginas, he encontrado en mi memoria como técnico de mantenimiento de Sistemas Informáticos, las vivencias sufridas con una de las últimas máquinas que creo comercializó Olivetti en ese terreno.

Corría el año 1995 y yo trabajaba en el Centro de Asistencia Técnica que Olivetti tenía en la calle de Valentín Beato de Madrid

La máquina en cuestión se llamaba CADI 9000 y era una especie de cajero automático pero solamente con la función exclusiva de cambio de divisas con una gran aceptación por algunas entidades bancarias. En Madrid estaban instaladas en BBVA y BBK.

Era un conjunto de dispositivos periféricos metidos dentro de un armazón con un aceptador de billetes (BIM1000) que comprobaba la legalidad del mismo y directamente los mandaba a un cajón, un dispensador de billetes (6408) que siempre funcionaba bien, una impresora de diario y otra de recibos que tenía tendencia a atascarse en determinadas condiciones del rollo del papel de impresión con la fatal consecuencia que ocasionaba al usuario, pues la máquina se quedaba parada con las divisas ingresadas por el cliente sin dar el cambio correspondiente con el consiguiente cabreo que normalmente lo “pagaba” la máquina.

En el Aeropuerto de Barajas había un CADI 9000 dentro de la Aduana y recuerdo que cuando llegaba un avión lleno de japoneses, todos hacían una cola perfecta para hacer el cambio de divisas hasta que se atascaba el papel y se ponía fuera de servicio, por cierto, a diferencia de otros colectivos, nunca vi un mal gesto entre las personas que estaban en la cola.

También, en previsión ante situaciones especiales por aglomeraciones de público, me mantenía esperando de guardia atento detrás de una columna para quitar el susodicho atasco y poner la máquina en funcionamiento, así cada tres días en determinados vuelos.

En el vestíbulo del Aeropuerto había otro CADI 9000 que para proteger la pantalla táctil, tenía una persiana como las de casa que se atascaba frecuentemente, unas veces por vandalismo y otras por manipulaciones o mal funcionamiento pues era muy pesada. Para mí era una desesperación ver como se repetían continuamente determinadas averías.  

Recuerdo que un día cuando estaba ajustando el desplazamiento de la persiana de cierre protectora de la pantalla en posición de cierre, rocé con el codo la fuente de alimentación y recibí tal descarga que salí despedido para atrás y debí quedar tan pálido, que la persona del Banco que estaba conmigo se llevó un gran susto que quería llamar al 112 viéndome muy mal.

A partir de ese día, cada vez que iba a hacer una reparación, lo primero que hacía era invitarme amablemente a un café por si tenía otro percance desagradable.

Bueno nada más, espero que no os haya resultado muy pesada la narrativa de las circunstancias de un técnico de mantenimiento ante el reto de asegurar el normal funcionamiento de máquinas que a los ojos del común de los mortales, bien las podríamos denominar como “infernales” llenas de cables, piezas, botones, conectores, luces y mil mecanismos repletos de engranajes, bailando todos ellos en funcionamiento, una especie de danza infernal a disposición del cliente, en actitud de servicio continuo tipo 7X24X365

Un cordial saludo para todos los Olivettianos.

Benito Herrero de la Cuesta

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