Chismorreo, el otro nivel de aprendizaje en COMESA

Por Carlos Rubio

Durante aquella inolvidable primavera del 71, la promoción de futuribles STAC, además de las torturas de Perdiguer, fue expuesta a otras influencias. Si esto era un capítulo más del programa de formación o un azar devenido de la propia naturaleza de aquella estructura social, es opinable, lo dejo a criterio del lector de acuerdo con lo que sea su propia valoración de dramatizaciones como la siguiente:

_ Pero además del galgado del totalizador de la Multisuma, esa gente tendrá que saber algo de lo que se va a encontrar en una sucursal__  digamos que esto podría ser una declaración de intenciones de Carlos Puig.

_  Claro, por ejemplo la clase de abuso que va a pretender el Director sobre servicios sin cobrar __ esto podía ser una acotación del otro Puig, Enrique.

_ Y puestos a servicios sin cobrar, saber si ese Director en concreto tiene derechos de pernada sobre la secretaria de dirección__ esta clase de inconveniencias solían surgir siempre de Pablito Yagüe, que como se movía en el mundo de concesionarios estaba más asilvestrado, o, probable, fuese una característica de nacimiento.

_ ¡A ver! ¡Cojons! __ Bellsolell se creía obligado a intervenir aunque estuviese en su mesa de Dirección alejado del grupo__ ¡ Esto es un programa de formación, no vais a enrraonar cotilleos!

_ Bueeeno… _ una voz de barítono cuidadosamente arrastrada en sus pausas, imponía un fondo de autoridad sapiente, algo así como si desde su diván en Medina Zahara hubiese intervenido Abderramán III __ Los cotilleos son fundamentales para la integración… no sólo los cotilleos, incluso un punto de chismorreo,  es indispensable para que la persona sepa que se la recibe en el grupo y que…  passsa a formar parte de él… del núcleo __ Trenado era cordobés de pura cepa… pero además un psicólogo excelso.

Puede que no haya acertado exactamente con las palabras o el orden de las intervenciones, pero no estoy novelando, no puedo: Hay testigos vivos.

Lo que ya no puedo asegurar es la cronología. Eso podía ajustarlo con los capítulos lectivos del curso, en base a mi propio calendario vital (no olvidéis que me casé durante aquella aventura), pero estas conversaciones oídas entre bastidores en la quinta planta o en retazos perdidos entre los descansos de las sesiones en calle Llacuna, ocurrieron a lo largo de aquellos cuatro meses de abril a julio de 1971. Lo que sigue debéis encuadrarlo en ese marco, pero el orden es puramente aleatorio, aunque casi siempre os ahorraré la dramatización.

Cada fuente de información tenía su propia personalidad y correspondía a una especialización.

Carlos Puig insistía en detalles técnicos sobre averías y tipologías de fallos de fabricación o reparación y la problemática de los vicios personales del interventor y el riesgo de provocar averías secundarias por errores propios.

Vergés en cambio mostraba una preocupación obsesiva sobre los tiempos de intervención, tanto en taller como en campo, la organización de las células y las rutas y los rendimientos previsibles al aumentar los cursos de formación de una plantilla, con las modalidades relativas al tamaño y la densidad de su territorio, la existencia de delegaciones, el apoyo de sucursales de cabecera y toda una casuística estratégica.

Ahí intervenía Yagüe, que a su vez era cliente de servicios de nivel especializado y distancias incomibles: siempre vendían la última locura tecnológica en el cliente más lejano del concesionario más inútil.

Las visitas a las fases de montaje o puesta a punto en Fábrica encontraban su antítesis descarnada en el anecdotario que explicaba Alcarria en Taller Barcelona, contando con amargura lo que se encontraban los mecánicos en unidades recién desembaladas o en clientes manazas abandonados a su suerte por un vendedor satisfecho de la firma del pedido, pero desentendido de la necesidad verdadera del cliente.

En un escenario indeterminado de la memoria colectiva STAC, el anecdotario era jugoso y tenía puntos de anclaje institucionalizados por la tradición: La altura de la banqueta de la secretaria, espléndida, ante su Editor 5 saltadora de espacios…  o la ropa interior, también nylon espléndido, de la esposa (¿era la esposa? hay más versiones) del psicólogo de Salamanca, al que se le bloqueaba todo.

Y puestos a hablar de catástrofes o de manera de desincentivar la vocación de los educandos, nada como explayarse sobre el comportamiento funcional de la Logos 27-2, en esto todos parecían tener una tragedia mayor que el conferenciante anterior, en particular despotricaba Enrique acerca del “favor diabólico” que les había hecho Sucursal Barcelona pasándoles un lote de estas calamitosas criaturas para uso doméstico en la 5ª planta.

Pero no puedo pararme en la Logos 27-2, ya me gustaría, la vida es corta y hay que aprovecharla.

La problemática técnica no era lo más espinoso, ni mucho menos. Palet al término de la semana de bautismo ya había dado el grito: “¡El recupero del crédito!, lo demás no importa”.

Desde su antepecho acristalado, emplazamiento de privilegio sobre Ronda Universidad, Enrique amenazaba: “La única posibilidad es la numeración previa de los cartones de reparación. Ya está demostrado que los vendedores no pueden robar, los directores, sí, con las usadas, pero es porque les dejan… No, aquí el único riesgo de robo y el único modo … (al menos el único que a mí se me ha llegado a escapar vivo y lo siento)… es  un administrativo de taller que robaba rompiendo las hojas de reparación cobradas. Numerar los cartones ha sido difícil y nadie lo quería, pero es el único modo, el único control que garantiza que un jefe de taller o alguien de su equipo haga tarugo…”

Claro, de vez en cuando, entre tanto esquema de bielas, entre tantas columnas de código, alguien (el Puig malo, claro) tenía que sacarle la cara fea a la realidad: No tenéis que robar, cierto. Pero también tenéis que vigilar que no os roben, porque es lo mismo que si robaseis directamente en cuanto a los efectos que os vendrán encima.

Tras el choque dramático los chicos quedaban algo tocados, natural. Entonces venía bien que llegase Torrent y desengrasase… para quitar hierro… para lubricar… o lo que fuera…:

” … No es que lo diga yo… la Copia II… un casino… sí, copiar, copia, copia folio y multicopia y ya no hay alcohol… todo eléctrico… sí, pero ¿quién fue el genio de Ivrea que parió una copiadora como una encimera de cocina?… ¿es que no sabía para lo que sirve una encimera de cocina?… Luego cuando te encuentras la máquina atascada, con el chasis torcido… vas tirando de los restos del atasco y acabas viendo … ¡lo que es un culo!… ¡un culo a medio copiar!”

Las tribulaciones de un especialista de producto que volvía de Italia con el consuelo máximo de: _“Tieni duro, figliolo, quest’anno arriverà la Copia III, è più robusta e si inceppa meno… ”

__ Bueno, _lloraba Torrent_ Se atasca igual y sigue siendo una encimera de cocina…”

Torrent era un magnífico técnico de producto, un arquetipo del sufrido responsable de mantenimiento al que le toca bailar con la más fea. Esta es una profesión donde cada día te levantas con el pensamiento ¿Qué clase de desgracia me ocurrirá hoy?

Para mi gusto lo más apasionante del mundo de Glorias era el Almacén de Recambios. Y dentro del Almacén, Prats. Un tipo estupendo Prats, con él aprendí cosas que me han servido mucho en mi vida profesional posterior, por ejemplo, lo que yo llamo Ley de Murphy con rebote. Prats lo llamaba directamente: “Cuando viene con mala follá”, pero en catalán: Es lo que pasa cuando se rompe la misma pieza de la Tetractys del Banco de Santander, en dos semanas seguidas y es esa pieza de la variante antigua que Italia ha dejado de servir desde el año pasado.

Ya veis. Los que hayan tenido que vivir estas penas del mantenimiento, saben que la única solución para eso es el sentido común que proporciona una larga experiencia. Y un optimismo nulo sobre la Providencia. Aunque su expresión matemática rigurosa se llama Distribución de Poisson (o de los Sucesos Raros, que es lo mismo que Ley de Murphy con rebote).

Prats lo explicaba muy bien y le reconozco que tenía razón y experiencia, en una época que no había inventado el Excel, ni mucho menos el control de rotura de stock por IA: “Cuando te llega el soplo de que Ivrea va a dejar de producir esa pieza, que tú sabes que parte, la tienes que comprar si o también, porque cuando digan que ya no se fabricará¡ los romanos se las han llevado todas!”.

Prats había agilizado el reparto con motocicletas por Barcelona y eso había reducido espectacularmente el inmovilizado de Almacén Central, no digamos los almacenes distribuidos. A mí me gustaba mucho hablar con Prats, pero casi nunca podía porque los venenosos del laboratorio de Electrónica como Méndez o Rebled, no digamos Yagüe  (¡Qué finocchii los romanos! ¿verdad Prats?), siempre venían detrás a enredarle para que contase las maravillas adelantadas a su época que tenía su coche, el coche de Prats (creo que era un Simca de dos volúmenes con portón trasero). Y en cuanto le tocaban la fibra, ¡qué canallas, como se reían!, Prats ya no tenía pensamientos ni palabras más que para alabar las excelencias futuristas de su vehículo y ahí se terminaba la información de todo lo demás.

Hasta aquí, todo mi rollo está refiriendo al mundo STAC: máquinas, averías… máquinas averiadas… clientes,,, clientes cabreados…

Sin embargo, con mis compañeros de curso de integración, (recordad, integración no es lo mismo que formación, Trenado dixit, porque la integración consiste fundamentalmente en chismorreo), aprovechábamos todas las ocasiones para practicarlo porque llegábamos con graves carencias viniendo del exterior de la Familia Olivetti. Las ocasiones dependían de las circunstancias, podía ser una llamada para ir a Ronda a llevar la cartilla militar o los datos de la cuenta del banco; otras veces un comercial se descolgaba por la Escuela, más que nada a fisgonear, y Piña lo captaba y le sometía a un sibilino tercer grado, ¡qué gran maestro Piña en eso de tirar de la lengua a un recién llegado de Italia! Parecía talmente que estaba preguntando por sus primos y sus cuñadas. Y nosotros teníamos que levantar las orejas y anotar mentalmente hasta el último chisme. Lo de la revolución estaba claro, Berla lo había adelantado, pero los interlocutores de Piña dejaban entrever un fondo de conspiraciones y bandos con política y tecnología variables y enfrentadas entre sí. Las cosas incluso trascendían el mundo Olivetti, parece que Gianni Agnelli hacía punta de lanza con los olivetteros enfrentando su FIAT al gobierno del Quirinal, tras el que estaba agazapada la poderosa RAI. Se trataba de detener o controlar en lo posible la introducción en Italia de la televisión en color. Aunque saltaba a la vista que Agnelli descontaba una máquina cinqueccento  por cada televisor en color que comprase una familia italiana, qué cosa tenía esto que ver con las máquinas de escribir no parecía claro, menos aun para nosotros, despistados educandos enclaustrados en calle Llacuna, hasta que Juan Piña o Alcarria aclaraban que el riesgo sindical en Italia era ya casi insoportable y que eso estaba a punto de contagiarse a España y en España, en concreto en Barcelona, la Hispano Olivetti era una bomba sindical con un mecanismo de relojería ajustado a la vida de Franco.

Aclaración fuera de texto, en España la primera transmisión en color en pruebas había sido el festival de Eurovisión de 1969, así que este chismorreo era un asunto de primera magnitud, un asunto como el collar de la reina en los Tres Mosqueteros.

Los cotilleos relativos a la Familia Olivetti genética, con ser importantes para la consociada española, no parecía que pudiesen afectarnos a corto plazo, pero en España el concepto “Familia Olivetti” no había que enfocarlo en el sentido genético, sino en el biológico evolucionista. Y a partir de aquí me atengo a las enseñanzas chismorreicas expresas de ambos Puig, de Yagüe y, con menos asiduidad, pero a menudo con mucha trascendentalidad, del califa Trenado, aunque a éste había que leerle los labios mientras le cuchicheaba a Compostizo.

Vamos a ello. En biología la “familia” es una categoría taxonómica que incluye “géneros” afines por tronco filético. En nuestro caso géneros eran claramente la Hispano Olivetti, que era la fábrica, y la Comercial Mecanográfica, que era la distribuidora. De la primera podemos hacer aparte por lo menos hasta el año 1975, cuando la tensión sindical en Barcelona capital era ya de carreras con los grises a la hora de salir a comer.

Pero el género COMESA englobaba muchas especies en 1971. Dejando a un lado Wertheim y sus máquinas de coser, voy a enumerar las principales: General Line, División Máquinas Contables, Grandes Clientes, Teletipos, Tercer Canal y STAC. A su vez estas especies coexistían (o así) en una red de Sucursales, Delegaciones, Concesionarios y Talleres, en las que la separación jerárquica no era tan definida como en Casa Central. Y de ahí se seguía, como en la Biología propiamente dicha, una muy compleja superposición de competencias intraespecíficas. Eso dicho en lenguaje políticamente correcto, en términos vulgares, navajeo guarro. Así llamo a las tensiones que por razones territoriales se suscitaban entre los agentes comerciales de los diferentes niveles, porque inevitablemente se solapaban sus territorios de caza, aunque nos interesan más las que se suscitaban entre todas ellas y el STAC.

Por supuesto que esta clase de enseñanza integradora fue realizada exclusivamente en el nivel de chismorreo y, aparentemente, en secreto. Debió haber existido una planificación previa solapada al programa técnico de la Escuela y, desde un punto de vista lógico, ese plan había sido diseñado por Bellsolell apoyado en Vergés, que era su staff de Organización y Métodos. Sin embargo, no creo que eso sucediese así realmente.

Veréis, en la Hemeroteca Aguirre de este blog recuerdo haber leído una mención al binomio arquetípico del Hechicero y el Rey, a cuenta de atribuirle la función del primero al Dr. Sinigaglia Y, a propósito ¡bellíssimo!, las casualidades no existen. Os recomiendo que busquéis en la biografía de César Borgia lo que él llamó “Il bello inganno de Sinigaglia”. ¡Qué tío Cesarito! difícilmente se podría ser más hijo de perra. ¡Cómo me gustan los italianos!, ¡qué sensibilidad tan exquisita para la conspiración.

Bueno. A lo que vamos, la parábola del Hechicero y el Rey puede que la hayáis oído en otra modalidad afín: “El Jefe y el Ingeniero”, “el Arquitecto y el Emperador de Asiria”… es lo mismo. Hay una figura viviendo un escalón por debajo del poder, que susurra a éste el conocimiento eficaz, sin el que el poder no obtiene resultados. Puedo equivocarme, porque ahora no relato hechos sino opinión, pero creo acertar en base a larga experiencia posterior. Yo creo que el plan político para la integración de aquella promoción quién que lo fraguó y susurró fue Enrique Puig. Enrique era el Hechicero del STAC, no importa lo que pensase Bellsolell, al que no llegué a conocer lo suficiente. En cambio, conocí mucho a Enrique Puig y él a mí, sería mi padre en COMESA.

Enrique llevaba dos años machacándose in person e in situ la línea de producción del Servicio de Asistencia y calibraba perfectamente el trasfondo de la revolución profetizada por Berla. No era sólo un problema técnico, por gordo que fuese el cambio, lo que se venía encima era un conflicto fratricida dentro de las “especies”  Olivetti para mantener las ventajas respectivas, dentro del mínimo esfuerzo  y bordeando el riesgo de cargarse el tinglado completo en el desafío. Porque los comerciales necesitaban el servicio para vender, pero en adelante lo necesitarían mucho más para instalar y para instruir al cliente. Y alguien tendría que pagar aquello, ya fuese con menos margen de comisión, con más esfuerzo o con ambas cosas. No iba a ser un camino de rosas.

Cómo se vendió este horizonte a través de mensajes subliminales (chismorreo) a los educandos de la promoción 71, daría para varios de estos artículos. Pero se hizo, vaya si se hizo. Al llegar aquel mes de agosto, (¡ay!, nada de vacaciones), todos tenían (teníamos) claro:

-Que el cliente tiene siempre la razón, y cuando no la tiene hay que hacérselo saber.

-Que el Director de la Sucursal manda en el Taller, pero que el sueldo del Jefe de Taller lo va a poner el Director STAC y también la paga de beneficios (si has dado beneficios).

-Que las limpiezas se hacen si hay contrato de servicio, pero no se regalan; aunque tú, vendedor de Editor 5, te hayas camelado a la secretaria de ese Gobernador Civil prometiéndole que mandarás al mecánico todos los meses.

-Que la garantía de venta dura lo que dura y no más y que la Fábrica confía en que el usuario sea tolerante con las pequeñas pegas, porque montar un control de calidad con cero fallos es muy caro y la empresa no se lo puede permitir.

 Pero las especies vendedoras, durante aquella misma primavera, no recibieron un catecismo semejante. Que va, en realidad recibieron, más o menos veladamente (chismorreo, también, claro), algo como esto:

-Tenéis que vender el cupo, como siempre. Pero este año es más gordo, porque el país se desarrolla.

-La competencia aumenta, porque la competencia no es tonta, pero vosotros tenéis la ventaja de conocer el mercado mejor que la competencia, porque para eso nosotros tenemos a Aguirre y Aguirre es un brujo. Es más brujo ahora todavía, después de que os ha reventado durante dos años haciendo el censo.

-Los mecánicos van a decir que las máquinas ya no se limpian. Allá vosotros. Si el mecánico es amigo vuestro os hará algún favorcillo, tendréis que tenerlo de vuestra parte… mientras se deje engañar…

-Pero puede que si te confías demasiado dentro de poco no queden mecánicos que limpien, espabila y vende contratos de asistencia, porque esta gente está dispuesta a adelgazar las plantillas de limpiadores, hasta cero.

-De todas formas, tú sigues siendo el protagonista de la empresa, sin ti, no hay nada y siempre contarás para medrar y promocionarte con tu Jefe de Grupo, con tu Director de Sucursal, con tu Jefe de Área y con tu Director Comercial, (que manda más que el Director STAC),

El conflicto estaba servido. Como la revolución, ésa también venía y deprisa, en los almacenes estaban descargando Programmas 203 a toda velocidad.

Había mucho más chismorreo: además de la lucha intraespecífica entre vendedores y mecánicos, estaban las batallas entre sucursales y concesionarios, y los celos entre Talleres y Puntos de Venta y las interferencias de Grandes Clientes, sobre General Line y Maquinas Contables… Y en voz más baja todavía, los nombres de los Directores que había que eliminar a lo largo de la próxima campaña y los empujones entre el escalafón para copar los agujeros…  Y luego venía lo de la cuestión sindical, ¡qué lío!… _En Italia están de los nervios con el ciopero, y dentro de poco lo vamos a tener aquí, puede que eso a los vendedores les coja lejos, pero a los talleres y a los mandos intermedios ese follón les va a pasar por encima sí o sí antes de que pasen dieciocho meses… y espera que no se muera Franco antes… _Oído en voz baja a cualquier recién llegado de Italia.

Hasta ahí y más, la refriega entre las especies Olivetti nacionales… pero había también más allá, lo que venía de fuera, por una parte de Italia, con sus amenazas de guerra de familias herederas y asimiladas en el Piamonte: Había rumores, siempre los había habido, de que a Berla le podían mover la silla… o de que se la habían movido ya… Ricardo Berla estaba siendo cuestionado como “blando” y su gestión exitosa no parecía suficiente para compensar la coyuntura oscura que empezaba a cerrarse sobre la elefantiásica consociada norteamericana… chismorreos…

Y no sólo de Italia, de Norteamérica venían cosas muy raras, una marca que se llamaba Hewlett Packard y que en lugar de coches, como debería ser siendo americanos y llamándose así, resulta que hacían calculadoras, pequeñitas, que hacían raíces cuadradas y todo… Eso sí, no imprimían… porque nadie sabe imprimir, solo Don Camilo Olivetti… Bien,  y la Rank Xerox… pero eso es otra historia…

Verdaderamente el final de aquella primavera se prometía apasionante. Y eso que en lo personal cada uno de los supervivientes de aquella promoción anidada en la Escuela STAC bajo el plumón maternal de Piña no tenía ni idea de lo que iba a ser su vida en las siguientes semanas. La revolución estaba en marcha, sí. Pero ninguna revolución cuaja sin empezar primero con una conspiración, una buena conspiración. De momento eran solo chismorreos, no más que chismorreos…

Menos nosotros, todos estaban pensando en las vacaciones… despreocupadamente… sí, ¿una conspiración?… ¿a quién le importaba en vísperas de agosto? Nadie pensaba más que en las vacaciones.

Puede que fuese porque todavía no había llegado Bruto…

Carlos Rubio

Noviembre 2026

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