La Escuela STAC en 1971. 2ª Parte

Por Carlos Rubio

En la primera parte de este artículo se trató de nuestro primer curso, propiamente dicho fue de la Restisuma manual que consistía en desmontarla y luego volver a montarla. Si funcionaba, aprobado… y si no…

El siguiente curso con destripamiento fue la Editor 4. También palancas, pero también microinterruptores, ajuste fino y secuencias de espera

En esta segunda parte y final, pasemos rápidamente a otra cosa…

Y la otra cosa era la eletrónica que anunció Berla.

En la didáctica de la Escuela STAC aquello también era una novedad sin digerir, pero eso era la norma en la España de la época. Durante mi carrera la Electrotecnia se enseñaba muy bien, la Electrónica muy mal y el Tratamiento Digital de la Información (lo que ahora llamamos Informática) simplemente no existía. En nuestro curso las clases prácticas consistieron en visitas al taller de soldadura de módulos de Fábrica, que era experimental, mientras que las teóricas corrían a cargo de vendedores senior de DMC que regresaban de Italia. Nuestro grupo se congregaba alrededor de una Programma 101, a la que como mucho estaba permitido sólo quitar la carrocería, lo cual ya tenía mucho de estrambótico, porque la tradición de los diseñadores Olivettti, propia de artistas italianos con mentalidad rafaelista, producía cosas en verdad preciosas, pero tan difíciles de dejar en ropa interior como una dama florentina del quatroccento.

La Programma 101 daría para una charla ella sola o para muchísimas y su historia está hoy día en las escuelas de Dirección de Empresas y en internet, como un clásico de lo que se puede y no se debe hacer, o lo contrario, depende del punto de vista. Para nuestro grupo la gran novedad consistía en la extensión que suponía una memoria externa fácilmente reprogramable con capacidad para 64 (creo) instrucciones que ¡oh maravilla!, siguiendo la tradición de la Audit, podían ser funciones directas de teclado o cantidades numéricas de datos o resultados.

Lo que aquello daba de sí para una mentalidad algebraica mínimamente entrenada era ilimitado. Y esto era la arrolladora ventaja (y el cáncer) de aquel producto que sus comercializadores en la década anterior no pudieron digerir. Al cabo de la primera semana de entrenamiento con las prestaciones de nuestra Programma 101, la promoción del 71 estaba jugándose los restos de la paga en ruletas de cálculo de números primos durante el descanso de la siesta, que eran ensayos de programación, pero inspirados por puro vicio.

El objetivo técnico sin embargo no era la P101, sino su sucesora mayor y orientada al mercado contable, la Programma 203. Tras dos generaciones nacidas y crecidas en la era del ordenador digital, con la segunda de ellas familiarizada con ordenadores personales de propósito general, incluso de bolsillo o integrados en teléfonos y relojes, es imposible explicar que cosa era la P203. Su definición contemporánea (1969) era “Computador de oficina por programa registrado sobre tarjeta magnética y salida de datos numérica y alfanumérica impresa sobre papel”.

E idealmente sería cierto que un usuario entrenado emularía con ella lo que hace un ordenador personal actual, siempre que el programa de trabajo no rebasase 64 (ampliables a 160) instrucciones. Pero la P203 NO ERA UN ORDENADOR, técnicamente era una calculadora numérica programable automática, con entrada de datos sobre soporte magnético. ¿Cómo explicar esta diferencia a uno de mis nietos que aprende a diseñar juegos de ordenador en lenguaje C?

Sería algo así: “Imagínate que tienes una calculadora mecánica de cuatro operaciones más raíz cuadrada, sí, he dicho mecánica. Ahora construyes un robot y le enseñas a apretar un teclado alfanumerico convencional un máximo de 160 pulsaciones. La máquina ejecutará esa rutina y opcionalmente imprimirá a petición el resultado si esa petición forma parte del programa. También puede guardar ese resultado en un registro interno o llevarlo posteriormente a una grabación sobre una tarjeta magnética extraíble. Idealmente iterando esta operación en secuencias encadenadas, un humano ingenioso puede plantear cualquier operación algebraica descomponible en cinco operaciones aritméticas… siempre que tenga tiempo y paciencia disponible para administrárselo a la máquina en dosis sucesivas asimilables por su capacidad”.

Mi nieto contesta: “Así es imposible trabajar”. No, no es cierto. Sí, se puede trabajar y se pueden hacer complejos cálculos, desde una contabilidad comercial a controlar una secuencia de aterrizaje en la Luna… pero a costa de mucha paciencia y de una disciplina mental sacrificada.

De hecho, en los supuestos, restringidos, para los que fue concebida, superación de una contable clásica de carro mecánico, cumplía las expectativas y se vendía fácilmente en el mercado administrativo de primeros de los setenta.

El problema era de otro orden: El cliente podía ser más listo que el vendedor y descubrir prestaciones que no estaban en el diseño de la utilización, pero sí que eran funcionales en la arquitectura de la máquina. Y esto, que de ninguna manera podía entenderse como una ventaja comercial, era una catástrofe para el mantenimiento de la serie.

Ivrea detectó el alud, pero no lo declaró a su estructura comercial convencional, lo que hizo fue tocar a rebato para crear un ejército de comandos entrenados para contener la avalancha el tiempo suficiente hasta que se les ocurriese otra cosa.

En realidad, no era la primera vez, le había ocurrido lo mismo dos años antes con la Logos 27-2, una superdivisuma impresora puramente mecánica de seis operaciones (suma, resta, multiplicación, división, potencia cuadrada y tanto por ciento), que, por los años que estamos contando, no había habido más remedio que meter en el frenopático de las calculadoras para que no arrastrase el prestigio de la marca al precipicio. Me gustaría hablar de la Logos 27-2, pero sería salirse del hilo de esta narración.

Y hablando de entrenar comandos, eso era exactamente lo que nosotros estábamos sufriendo en la Escuela STAC de junio a julio de aquel año de 1971. Repito, nadie había imaginado en aquel momento lo que luego hemos llamado ordenador personal, ni siquiera el gigante IBM, cuyo problema era que los edificios del cliente se le quedaban pequeños a sus productos; IBM no creía factible una cosa así y por ello seguramente no fue su inventor.

La primavera terminaba, la temperatura subía y la tentación de las playas desafiaba la locura de los atascos en las salidas hacia Casteldefels o Mataró. La concentración en los estudios teóricos de la P203 era conflictiva y la visión de la diagnóstica y reparación de averías (¿reparación, qué reparación?) en la Fábrica o en el incipiente Taller Electrónico de Barcelona creo que frustró la vocación de más de uno, que ahora o poco después se desenganchó de aquel tren.

A medida que nos adentrábamos en el calor de julio los cursos del periodo de formación tocaban a su fin y llegó la hora de las evaluaciones.  El destino quiso que aquel año la primera quincena de julio tuviese como viernes el día 16 y el día 16 se celebra en toda España la Virgen de julio: la Virgen del Carmen. Los educandos supervivientes llevábamos tres meses largos de seminario. Éramos todos del género masculino, lo de la igualdad de géneros y de oportunidades no se había inventado. Creo que yo era el de más edad y el único casado. El calor apretaba y todo parecía abocado a un desenlace próximo. Entonces pasaron cosas. Las circunstancias, el calor… puede que el demonio, también el demonio. Recuerdo unas palabras de Compostizo:

_“Es increíble, quién lo iba a decir, pero hemos desembocado en una situación de pleno empleo, por lo menos en Barcelona capital. La contratación se ha vuelto una misión imposible. Fijaos, para encontrar administrativos hemos tenido que recurrir a buzonear demandas por los portales…”

Sí, la España de Franco culminaba una etapa de desarrollo insólita en su historia. Barcelona absorbía toda la inmigración interior y frenaba la exterior y aun así no había manera de contratar administrativos. Juan Piña estaba pendiente de incorporar una secretaria para el papeleo de la Escuela y por fin aquel mes le enviaron una chiquilla muy joven (¿16?), muy inexperta, sabría mecanografía, claro, en Olivetti… pero hubiese dado igual… no se encontraban administrativos…

Veréis: Era 1971, Mary Quant, una moda… una tontería… una tontería que estrellaba los vespistas contra los semáforos del Ensanche… “Eso”, sí, lo habéis adivinado: La minifalda.

La niña que Compostizo había contratado para Juan Piña era muy joven, lo he dicho, sí… y lo de la minifalda lo he dicho también… habría que decir algo más…: ESPECTACULAR… no, espectacular, no… lo siguiente…

Juan, ya tenía secretaria… una chiquilla muy joven…

_ ¡Ni se os ocurra!_ Juan estaba de los nervios_ Os lo tengo dicho y os lo repito. ¡Al que se salga del tiesto le corto los h …!

Estábamos a 15 de julio. Terminando el curso… los cursos… hacía calor… yo era el mayor de aquellos, el único casado… alguien dijo:

_”Habría que hacer una fiesta de fin de curso”…

Y muchas voces secundaron:

–Una fiesta. Claro. Eso… Una fiesta, pero… _ había en el ambiente un no sé qué de desánimo, de incompletitud…

–Una fiesta para celebrar el santo de Mari Carmen.

Puedo equivocarme, ha pasado mucho tiempo, pero aunque sea un desastre para las caras, el oído y la memoria me funcionaban y me funcionan. Yo aseguraría que fue Valentín García, quien puso a rodar aquella bola. Y el efecto fue como si cayese un rayo. ¿Se llamaba Mari Carmen? Probablemente. O no. Daba igual. Fuese como fuese, la fiesta del santo de Mari Carmen se puso en marcha, arrolladoramente. El 16 era viernes, fin de semana, fin de curso… santo de Mari Carmen…

Muchos han callado hasta ahora, seguro… pero hay testigos vivos, lo sé.

Piña ya no pudo pararlo, cuando vio lo irremediable, reconozco que colaboró. Tenía influencias en la cocina de Fábrica y proporcionó unas cervezas, cosas comestibles y menaje. También, puede que, a pesar suyo, autorizase el uso de aulas, mobiliario y recursos con alguna clase de oficio y convino en que, si no nos pasábamos de la raya, se podría hacer algo con el horario lectivo del viernes. Pero cuando se enteró que la fiesta de fin de curso incluía la celebración del santo de Mari Carmen recayó en su catarsis neurótica agravada:

_¡Qué os tengo dicho que os corto…!

Pero ya no había quien parase aquello. La aportación de la Escuela, encomiable, era insuficiente. Se hizo fondo común. Y en la mañana del viernes estaba todo listo y empezó la fiesta. Ya sabéis como son esas cosas. En este país todos colaboran para eventos así.

Mari Carmen, también. ¡Qué alegría! Los chicos iban a celebrar su santo ¡una cosa que ella ni siquiera había pensado! Imaginaos el crescendo. La cerveza de primera oleada se terminó enseguida, la del fondo común también. Pues, se refuerza el fondo, claro. ¡Faltaría más! ¡Es el santo de Mari Carmen!

_Pero, habrá que regalarle algo…

Hubo un impass ¿regalarle algo a Mari Carmen? ¡Y cómo no! Pero, ¿qué se le podía regalar?

_¿Un diploma? ¿Una mención honorífica de buen comportamiento?_

Piña, desbordado por completo, había perdido el control de aquello. Seguía amenazando cosas horribles. La herencia almohade ha dejado secuelas subliminales que solo afloran en circunstancias de máxima tensión física y mental…: Suplicios muy refinados… sádicos. Cosas verdaderamente horribles.

_Podemos regalarle una sandía…_ lo dije yo, no importa que ahora se sepa, hay testigos vivos.

Era una sugerencia práctica. Sí, porque una sandía la podíamos conseguir sin tardanza, aun en aquella situación de desmadre con los botellines vacíos alrededor.

–Una sandía… ahora que estamos en el tiempo de las sandías…

Era fácil, era inmediato y contenía una sibilina connotación esferoidal que invocaba el Eros primitivo…

La nueva recaudación fue inmediata. Quien podía ir por el encargo era Rubio…

– ¿Qué Rubio, José Maria?

–No, Carlos, que tiene coche.

Faltaría más. Nos fuimos de inmediato, Valentín y yo, al mercado del Clot. Y, además de litronas ¿botellines para qué? y un pretexto de chorizo y salchichón, cargamos la sandía más grande del mercado.

Triunfal. No sé quién le puso una corona a la sandía con un catálogo de la Programma 203.

Mari Carmen estaba feliz, el acompañamiento, también. Piña…  valoraba llamar a los antidisturbios o matar personalmente a alguno para dar ejemplo.

Empezaron las canciones regionales y la fase de compañerismo espontáneo. Pero Mari Carmen estaba en éxtasis. ¡Una fiesta así, sin esperarse, para ella y con todos estos chicos tan divertidos!…  No me voy a extender, los antropólogos llaman a eso “la llamada de la selva”.

Se acabó el chorizo, se acabó el salchichón… alguien cayó en la cuenta que también se había acabado la cerveza y ya era hora de salir, por si afuera se podía encontrar más cerveza…

Entonces vino el marcar plan y el seguirlo escrupulosamente.

_Oye, Valentín. Esta chica no se puede ir sola a su casa. La sandía pesa doce kilos o más, que la romana no llegaba…

-¡Pues claro que no! ¡Ahora tú, yo, ella y la sandía nos vamos a llevarla a casa en tu coche!_ Valentín estaba en grado de  ¿comandante?

-¿Pero tú sabes dónde vive?

-¡Huy, brpp!, ¡Yo no!… ¡Cáspita! … ¡Pero seguro que ella se acuerda!

Había un problema de orientación… entre otros…

Creo que le dimos esquinazo al Director de la Escuela, a base de decirle que desde el comedor preguntaban si había que hacer algo para el turno de comida, que había mucho ruido…

Salí sin despedirme y tras mí venía Valentín con la sandía en brazos. Y Mari Carmen saludando con los dos brazos en alto y lanzando besos.

Ahora había que saber llegar a casa de Mari Carmen, porque el follón de Glorias seguía igual y yo no había terminado el curso del Bombardero B29, ni el de la Editor 4.

¿Sabéis el cuento ese del barquero que tiene que llevar un lobo, una oveja y una lechuga al otro lado del río? ¿Sí? Pues eso:

Lo ideal sería que Valentín cuidase de la sandía en el asiento de atrás, mientras Mari Carmen iba a mi lado, diciéndome como atravesar el laberinto del Clot. Pero creo que esa no fue la situación real y Mari Carmen me indicaba el camino por mi oreja izquierda. ¿O no? No estoy seguro… tal vez incluso ¡horror! mi copiloto haya sido una sandía…

Llegar, llegamos. No estoy seguro dónde. La casa al menos tenía dos plantas sin ascensor. Cuando cerré el coche ya habían entrado en el portal Mari Carmen, seguida de Valentín con la sandía. En el segundo rellano le alcancé:

–Oye. Ya está bien. ¿Te das cuenta de que ahora va a salir su padre y va a vernos? … A ti, a mí y a la sandía… ¿Y tú le vas a explicar lo del santo de su niña?…

Pero no había tiempo de reaccionar. Mari Carmen ya había apretado el timbre y, no sé cómo, yo me encontré con la sandía en brazos y atisbando por encima percibí una puerta entornada y un hombre de cuarenta y tantos en mangas de camisa lanzándome una mirada rara…

–Es que… era el santo … _y busqué a Valentín para que continuase la explicación, pero Valentín ya iba por el primer piso…

Carlos Rubio

Octubre 2026

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