La Escuela STAC en 1971. 1ª Parte

P0r Carlos Rubio

Creo que cuando al siguiente lunes, 12 de abril 1971, nos presentamos en la calle Llacuna, todavía más despistados que el lunes anterior, porque la Plaza de Glorias era un casino si intentabas cruzarla en coche sin haber hecho antes un curso de bombardero B29. Nos recibió Juan Piña que vestía muy dignamente la jefatura de aquella institución. Eso sí, menos protocolariamente que el estilo de Bellsolell, más bien Alcalá de Guadaira.

Ahora mi memoria falla en el orden de los acontecimientos, pero merezco compasión, ya me justificaré en un poco más de texto. Las clases teóricas se entreveraron con visitas a Fábrica, a Taller Barcelona y al Almacén de Recambios y la programación era un tanto circunstancial porque se acoplaba a los turnos laborales, a los horarios del comedor (comeríamos en las instalaciones de Glorias), a la disponibilidad de técnicos que pudiesen interrumpir su trabajo para mostrarnos su sección y, esto era muy importante, a la sincronización de visitantes de Ronda (la Central), que con tareas más o menos justificadas, se agregaban a las visitas o se fumaban la jornada para cotillear un poco, porque el cotilleo era un aspecto fundamental de nuestro proceso de integración.

Sé que una de las primeras visitas fue a la dependencia de forjado de tipos y esto se mostraba con un velo de misterio y secretismo, porque había sido la tecnología diferencial que Camilo Olivetti esgrimió para echarle la pata a la Underwood y al resto de la competencia americana e inglesa, que a principios del siglo XX se disputaba el mercado mundial de la máquina de escribir. El truco era que el tipo Olivetti se forjaba en matrices semi giratorias en lugar de fundirse como los corrientes de imprenta o linotipia. Esto los hacía mucho más duros y resistentes a la percusión. Cuando andando el tiempo he ido rebuscando secretos de tecnología encontré que el invento realmente era alemán y hubo alguna clase de intriga militar, a muy alto nivel, para preservar la producción de herramientas y máquinas de escribir estratégicas a salvo de las sanciones económicas que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

La máquina de escribir manual creó el imperio Olivetti durante los años 30. Y eso había dejado un conocimiento conservado celosamente con métodos casi religiosos.

Durante algunos días nos dieron disertaciones acerca de los cinemáticos de la palanca de escritura y su optimización. Evidentemente es un desarrollo de ingeniería que no por su pequeño tamaño deja de ser un logro de refinamiento técnico insuperable. Lo comparo con la distribución Walschaerts, el otro epítome del ingenio mecánico decimonónico, que, junto a la locomotora de vapor que lo equipaba, hizo el mundo en el que nací. Lo que hace la pulsación disparando la percusión sobre el rodillo a través de un juego de palancas en el ciclo de impostación, es un milagro de ajuste de fuerzas y velocidades que no puede mejorarse más: un óptimo de la evolución de lo artificial.

Ahora los educandos de aquella promoción nuestra recibieron el mensaje, sin veladuras, de que se daba por sentado que todos sabíamos mecanografía. Y aquello hizo torcer el gesto a más de uno. Yo escribía con los diez dedos con una rapidez razonable sobre el qwerty e incluso me defendía bien con tres copias de carbón. Había empezado con un dedo en las dos vetusteces que había en la tienda de mi padre, una, de no sé qué marca, era tremenda, con doble teclado para mayúsculas; la otra era una Underwood de la época del cuplé que hacía las mayúsculas moviendo completo el sector en lugar del rodillo. Luego mi padre compró una Hermes Baby con funda metálica de viaje estupendamente compacta, que venía con un folleto de dos páginas para aprender mecanografía, en ella aprendí a escribir y me hice el bachillerato y la carrera. Cuando se le empezaron a soltar los tipos, primero los calzaba con papelitos y luego los soldé con estaño, pero la desalineación llegó a ser horrorosa. Yo la engrasaba, la limpiaba e incluso llegué a tintar la cinta, cosas de los años de la autarquía. No sé qué fue de ella, quería mucho a aquella máquina.

El primer curso propiamente dicho fue el de la Restisuma manual. Creo que el profesor se llamaba Perdiguer . La cosa consistía en desmontarla y luego volver a montarla. Si funcionaba, aprobado… y si no… La mía funcionó, aunque me consta que el totalizador iba duro. Confieso que cuatro meses después, en el Grupo de Cálculo de Taller Madrid, yo no se la hubiese pasado al mecánico reparador. Pero Perdiguer la dio por buena, seguro que a la tarde siguiente la sacó de la estantería, le tocó con un enganchamuelles en un rinconcito, apalancó mínimamente con un destornillador plano en otro lugar secreto y la restisuma aquella quedaría perfecta para el siguiente educando manazas.

La Restisuma nos llevó lo menos cuatro semanas y alguno no pasó de allí. Vinieron después toda una procesión de modelos de calculadoras mecánicas de prestaciones crecientes, pero su tratamiento fue a nivel de descripción porque, aunque entonces constituían el espinazo de la empresa, el horizonte presagiaba, como había vaticinado Berla, un cambio meteorológico tras él que, esto era aún mucho decir en aquel momento, llegaba un cambio climático definitivo.

Sin embargo, la quinta esencia de las calculadoras mecánicas electro escribientes culminaba en un desiderátum que suponía un cambio de paradigma: eran programables.

Si ahora ese concepto “programable” lo escucha cualquier adolescente (un niño de 7 años, también), evoca mentalmente un mundo que no es el que ahora intento reconstruir en la memoria. El programa que quiero traer aquí era una cosa en forma de barra llena de hileras de topes hasta completar una matriz de tetones de aspecto caótico, que en sí misma era la traslación biunívoca de una contabilidad simbólica. La gracia del asunto era que lo biunívoco no consistía en una relación directa “función numérica-resultado imprimible”, sino que pasaba por una serie de etapas de contacto mecánico, sensor, detector, traslación, nuevo detector, etc, etc… hasta que ¡oh maravilla! la última secuencia disparaba las cremalleras de impresión, al tiempo que los totalizadores volvían a reposo (fuese reposo o lo que fuese, porque ahí podía vivir Satanás si el programador no tenía cuidado). Si queda alguien más viejo que yo leyendo esto lo entenderá, los demás creerán que han comprendido lo de Satanás, pero no, no es eso el espíritu de este párrafo; si acaso cuando en un artículo de Enrique Puig se menciona el 1.1.19 y habéis tenido ocasión de que os refieran lo que significaba, tendréis una aproximación de lo que intento transmitir: El 1.1.19 era una programa estándar, terrible, complejo en su naturaleza de criatura híbrida entre la geometría y la lógica… pero estándar… No, eso no era Satanás… Satanás con todos sus súcubos se escondía entre los topes del carro ¡cuando el vendedor de contables desafiaba a la Prudencia y a la Providencia y modificaba el 1.1.19 para hacerle caso a un capricho del cliente!

Ahí empezaba la tragedia… pero me estoy adelantando y rompo el hilo cronológico… ya llegaremos a eso, ahora sólo digo que alguna vez yo también tuve que cortar el árbol para salvarle el cuello al vendedor… y no es que lo estuviesen ahorcando. Los entendidos ya sabrán a que árbol me refiero y si alguno se queda in albis que le pida a García Dolz la viñeta que le mandé al inicio de nuestra correspondencia.

 El siguiente curso con destripamiento fue la Editor 4. También palancas, pero también microinterruptores, ajuste fino y secuencias de espera. El libro de la criatura era muy desazonante. ¿Difícil? No lo sé. Veréis, el curso de electroescritura comenzó un lunes, martes, miércoles… el jueves creo que era la Ascensión, fiesta, pedí permiso… el viernes hice el equipaje y metí el libro de la Editor 4 en la maleta…  el sábado volé a Santiago de Compostela, de allí a La Coruña en autobús, dormí en el hotel Atlántico… el domingo, que era San Antonio, me casé…

Por lo que el respetable auditorio pueda pensar, habría que dar algunos antecedentes, aunque parezca que no tienen nada que ver con COMESA. Había conocido a mi novia durante el último período de mili, cuando era oficial de complemento de Artillería. Había solicitado las plazas más lejanas a mi domicilio (según los genes de mi padre, pero con gran desesperación de mi madre): primero Canarias, luego Gerona, luego La Coruña. Canarias no se lo daban a peninsulares, Gerona debía tener cola de catalanes y no me lo dieron, Coruña sí.

En Coruña había poca industria, poco trabajo, las oportunidades de prosperar estaban en embarcarse o en ir a estudiar a Santiago, conclusión:  la proporción de mujeres en edad de merecer respecto a hombres era de cuatro a uno. En septiembre del 68 llegamos cinco alféreces a hacer prácticas a la Brigada Aerotransportable (sin aviones). Las indígenas de allá, muy amables, engancharon a cuatro, el quinto se libró porque tenía novia en Orense. Durante tres años, ella en Coruña yo en Madrid, nos telefoneamos no más de cinco veces, yo fui a Coruña doce veces y ella vino dos a Madrid… pero le escribí una carta todos los días, a veces dos y hasta tres. Nos casamos aquel día de San Antonio de 1971 y hemos criado seis hijos preciosos… pero… ella asegura que durante los siete años siguientes no estuvo casada (pero tenía ya cuatro hijas)… la culpa: … de COMESA.

Viajamos de vuelta a Barcelona en tren y avión vía Santiago y Madrid. En Barcelona el jueves siguiente cogimos el 850 y sin más me la llevé a Aiguablava. Pero el viaje de boda no fue muy largo, el 20 domingo estábamos en Barcelona deshaciendo la maleta, en el apartamento que Valentín García me cedió en un gesto desinteresado, porque no pude encontrar ninguna otra cosa. Desinteresado sí, pero nada más: Cuando miramos en la alcoba, entre él y mi amigo madrileño, nos habían robado el colchón. En cambio, el cuaderno de la Editor 4 estaba en la maleta, en perfectas condiciones.

Ahora el respetable auditorio será más comprensivo para entender las deficiencias que en adelante mostró este técnico STAC respecto a la electroescritura Olivetti.

Me parece que en la Escuela siguió un curso bastante improvisado de reprografía a cargo de Torrent. La reprografía era conflictiva en Olivetti porque la tecnología Xerox estaba fuera de alcance y, además, a los genes de Don Camilo le disturbaba una impresión que no fuese una palanca golpeando sobre un rodillo. Resultado: casinístico…  Unos MTBF de risa, unos cursos amontonados, interventores crucificados por los clientes a la semana de la instalación, vendedores dados a la fuga y un especialista de producto STAC que se estaba dejando la vida en aquello.

Tomemos aquí un descanso después de superar el proceso de formación de carácter mecánico para tomar fuerzas y afrontar ligeros la travesía hacia otra cosa.

Y la otra cosa era la electrónica que anunció Berla.

Continuará

Carlos Rubio

Septiembre 2026

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