Aquella Fiesta, hace 18 años

José Manuel Aguirre

El 18 de octubre de 2008 nos reunimos en un hotel de Barcelona 150 compañeros y compañeras, trabajadores los más en empresas del grupo Olivetti, algunos concesionarios e incluso algún proveedor ya casi tan olivettiano como cualquiera de nosotros. Casi todas las regiones españolas estaban representadas.

Nos habíamos dado cita para celebrar el 150 aniversario de la celebración de la fundación de nuestra empresa madre, la italiana ing. Camilo Olivetti s.p.a., la que años más tarde nos había de reunir a todos y todas en una empresa española calificada justamente de modelo, la Hispano Olivetti, como se la llamó inicialmente. Para nosotros, sencillamente, la Olivetti.

La iniciativa surgió del pequeño grupo de compañeros, casi todos ellos del servicio técnico que por aquel entonces, la mayoría ya jubilados,  venían reuniéndose semanalmente en Barcelona. Nombraron un comité organizador que realizó un espléndido trabajo. Nuestros compañeros idearon un magnífico  programa para la fiesta, entrañable por lo evocativo y también por lo divertido;   llevaron a cabo una trabajosa  tarea de localización de compañeros con los que hacía tiempo se había perdido el contacto  y de comunicación incentivadora para lograr una participación muy importante y no dejaron al albur ningún detalle. Su buen hacer fue determinante en el éxito de la iniciativa.

Ahora, transcurridos ya 18 años de aquella celebración, nos complace recordarla, si bien con sentimientos encontrados de alegría y a la vez profunda tristeza. Al evocar la fiesta y, sobre todo, al contemplar las muchas  fotos de aquella jornada inolvidable, la visión de las imágenes  alegres de los compañeros y compañeras que nos han dejado, la sensación de ausencia irreparable nos encoge el corazón.  Por ello se escriben estas líneas, para que aquella ocasión única y, sobre todo,  nuestros queridos compañeros y compañeras de tantos años, de alegrías, proyectos y tanto trabajo compartido, no queden en el olvido.

En su momento, antes y después de la fiesta se escribieron varios artículos, unos previos, invitando a la fiesta, otros después, celebrándola. Algunos se han perdido en el mundo de los bits y de los bytes sin que hayamos podido recuperarlos. Otros, pocos, han sobrevivido. De entre ellos, el que publicamos a continuación: 15 Constelaciones. No por casualidad, recoge el nombre de todos los asistentes y la imagen de casi todos. Recoge los momentos posteriores a la comida, distribuidos todos en quince mesas de diez comensales cada una. Reflejan momentos de máxima exaltación y alegría. Las conversaciones en cada mesa os las podéis figurar y para los de buena memoria, recordar. Luego se pasó el micrófono para quien quisiera pudiera contarnos sus emociones. Fueron muchos con una participación muy emotiva.

Una velada única, inolvidable, un lujo que pudimos disfrutar los que pudimos estar allí.

El éxito de la celebración hay que atribuirlo, en primer lugar, a todos los asistentes al acto. 150 personas procedentes de varias de las comunidades españolas – con la lógica mayoría de los pertenecientes al entorno barcelonés, se reunieron en un acto de carácter extraordinario que ellos fueron los protagonistas y creadores del entrañable ambiente de compañerismo y alegría en el que se desarrolló la velada. Casi en su totalidad se trataba de trabajadores de la empresa hasta épocas recientes, pero no faltó una dignísima representación de los concesionarios y también de nuestros proveedores. Por ello, los miembros de esta comisión quieren agradecerles vivamente no sólo su activa participación sino también su carácter representativo de tantos compañeros y compañeras que, por motivos varios, no pudieron participar de la celebración.

El aperitivo previo a la comida fue breve. Las emociones del encuentro habían humedecido los ojos y resecado las gargantas de muchos de los asistentes. Se imponía un refresco que proporcionara algo de alivio, distendiera el ambiente y restableciera, dentro de lo posible, una situación de normal serenidad.

Ahora, los hombres y mujeres de aquella pequeña galaxia del universo Olivetti se iban a distribuir entre quince diferentes constelaciones – quince mesas para celebrar un fraternal almuerzo – cuidadosamente seleccionadas por los componentes de la comisión organizadora. El criterio de distribución de los asistentes en las varias mesas había sido muy simple en su planteamiento y muy difícil en la solución: procurar que todos compartieran aquellos momentos con las personas que cada uno de ellos hubiera elegido, de haber podido hacerlo. En esta metáfora astronómica, todos los componentes de cada mesa eran estrellas de primera magnitud.

Tengo un amigo matemático que me preguntó: ¿Has pensado cuántas configuraciones diferentes de mesas se habrían podido hacer? Dicho de otro modo, ¿de cuántas maneras diferentes se hubieran podido sentar a la mesa 150 personas, en grupos de 10 personas en cada mesa? Y eso sin más complicaciones, es decir, sin tener en cuenta el orden en qué debían colocarse después en cada mesa, y si en cada mesa necesariamente debía haber cuando menos dos mujeres, y si no tenían que ser todos de Barcelona o de Madrid, o comerciales o del Stac, o si… o si…

Menos mal, en este caso, que no sabemos muchas matemáticas (y los que las saben, prescindieron de ellas) y no dejamos al azar o a la fría racionalidad de los números la solución de problemas como éste. Si nos hubiéramos hecho el planteamiento de decir: escojamos la solución que nos parezca mejor de todas las matemáticamente posibles, ¿sabéis que hubiera pasado? Pues, según me dijo mi amigo, hubiéramos tenido que elegir una entre, 1.169.554.298.222.310 posibilidades.

Es decir, las 150 personas, agrupadas de 10 en 10, realmente se hubieran podido sentar en las 15 mesas de más de 1.169 billones de maneras diferentes. ¡Qué locura! Con razón dice mi amigo Jaime Hernández Guillem que no hay que hacer caso de los “metemáticos”.

El salón de la comida resultó muy selecto y acogedor para reunir cómodamente a los 150 comensales.

Durante la comida, la Conferencia de la Memoria se fragmentó en 15 conferencias diferentes. Quizá en más, porque la comunicación en mesas redondas de 10 personas no es fácil y menos en un ambiente en el que coinciden 150 personas. En el ámbito de cada mesa, las conversaciones se mantenían muy animadas en pequeños grupos. Las evocaciones que habían hecho los ponentes durante la mañana quedaron atrás para que cada uno apelara a sus recuerdos, los confrontara con los de sus vecinos de mesa y se entretejiera una intrincada e invisible red de vivencias y añoranzas. Cada uno tenía sus personales compañeros o compañeras del alma que recordar o aquel episodio imborrable de su vida que no podía dejar de evocar. Todos teníamos recuerdos muy queridos, que ya habíamos contado mil veces en otras instancias, que nuestros familiares más próximos han oído hasta el aburrimiento y que, sin embargo, allí eran una novedad que nuestros compañeros de mesa escuchaban complacidos. Con facilidad la memoria volvía una y otra vez a aquellas personas que habíamos perdido irremisiblemente y una cierta nube de tristeza venía a atenuar con algo de sombra la luz de tanta alegría.

Cinco mesas estaban ocupadas en casi su totalidad por compañeros del Stac. A una de ellas se sentaron, no por casualidad, Pedro Pastó y Josep Gubau, dos magníficos ingenieros que coincidieron cuando jóvenes en puestos de alta responsabilidad en la fábrica y volvieron a encontrarse también en la comercial al cabo de los años. En 1971, Pedro era el responsable de los sistemas informativos de la fábrica mientras que Josep estaba al frente de 693 personas como ingeniero jefe de producción. Me imagino que durante el almuerzo recordaron a su jefe, el ínclito ing. Mignatta y a sus colegas de entonces, Melloni, Briz, Comerma y Ávila, entre otros. Estuvieron bien acompañados por otros compañeros del área técnica: los Aguado, Gascón, González Artola, Ibars, Piqueras y Pablo Yagüe, y por Elena Juscapresa y Miquel Margarit, concesionarios de Girona, que asistieron encantados al encuentro olivetiano.

Pastó, Yagüe, Piqueras, Gubau, Gascón, González Artola, Ibars, Aguado, Margarit y su esposa Elena. Una combinación perfecta.

Me hubiera gustado sentarme a aquella mesa en la que coincidieron García Dolz, García Ochoa, Jordi Seluy, Martínez Melé, Mestre y Navas. Les acompañaban Nogué, Gabasa, Marzo y Mazo. Hubiera escuchado en silencio sus comentarios acerca del encuentro, cómo evocaban tiempos de juventud y lo bien que lo estaban pasando.

Un brindis afectuoso de Paco Marzo, Mestre, García Dolz, Jordi Seluy, Nogué, Navas, Mazo, Ochoa, Melé y Gabasa.

No les iría a la zaga la mesa de los Esteban Pastor, Llanas, Carmen Blesa, Jarabo, Galimany, Aboy, Maya, Teresa Omella y García Ventosa, en parte, veteranos de otros encuentros no menos evocadores de recuerdos y sentimientos.

Una mesa bien ordenada de amplia representación catalana con espléndida presencia femenina

Ni aquella otra de los Abad, Sánchez Aparicio, Méndez, Víctor Fernández, Hernández Martínez, Marondo, Olivera, Queralt  y Tomás Rebled. Técnicos de Madrid y Barcelona fundidos en entrañable charla, recordando, con el espíritu siempre joven, tiempos pretéritos. Reconozco que mi trayectoria profesional no se cruzó con la de la mayoría de estos compañeros del Stac. Sí tuve la suerte de coincidir en algunas ocasiones con José Francisco Tomás Rebled. Es mi amigo desde hace muchos años y, para mí al igual que para muchos otros, todo un ejemplo de laboriosidad y buen hacer. En mi reconocimiento hacia su persona quisiera hacer patente mi afecto para todos los compañeros del Stac.

Abad, Méndez, Rebled, Olivera, Sánchez Aparicio, Marondo, Víctor Fernández, Queralt y Hernández. Todo un equipo de 1ª División.

Participar en cualquiera de las mesas tenía su aliciente. Y muy grande. Salvada su predilección por la mesa que compartió este cronista con sus compañeros de tantos años (que no se ofenda nadie, pero no la cambiaría por ninguna otra), le hubiera gustado sentarse al menos unos minutos en cada una de las otras. Charlar aunque fuera un minuto con todos y cada uno de los allí presentes. Pero ese placer nos estaba vedado a todos. El tiempo es de una crueldad inmisericorde. No he querido pedir a mi amigo el matemático que calculara cuánto tiempo hubiera hecho falta para que todos y cada uno de los asistentes hubiéramos podido hablar por lo menos un minuto con todos los demás, teniendo en cuenta que se podían mantener 75 conversaciones simultáneas en cada minuto. Aunque he pensado sólo en mí, no hacen falta muchos cálculos para darme cuenta de que para conseguir mi propósito hubiera necesitado casi dos horas y media. Creo que durante ese mismo tiempo todos habríamos hablado un minuto con todos, pero ¿qué clase de encuentro habría sido? Me hago estas reflexiones que pueden parecer inútiles y estúpidas (personalmente, creo que no lo son) para darme cuenta con tristeza de que el encuentro, a pesar de su intensidad, fue realmente efímero y, casi con seguridad, me atrevo a afirmar que quedaron muchas cosas por decir y por recordar y, lo que es más importante, muchos compañeros con los que conversar. Estoy convencido de que esa percepción la hemos tenido todos. Cuando reflexiono, salgo de mi situación de perplejidad y de frustración. Recuerdo los objetivos del encuentro y me digo que éste no ha sido nada más y nada menos que un punto de partida. Que de nuevo han quedado tendidos los puentes para que todos volvamos a encontrarnos, mejor en grupos pequeños, para que la comunicación sea rica y eficaz. Ahora ya sabemos de nuestra disposición y dónde estamos. Sólo hará falta alguien – y alguien habrá – que tome la iniciativa de convocar a sus amigos más próximos, pero vamos a dejar descansar al lector hasta la próxima parte de esta crónica.

¡Cuánto me hubiera gustado haber compartido la mesa de los Arturo Gómez, Del Caz, Losada, Lucío, Mas de Xaxás, nuestro querido mosèn Joan Palet, el concesionario Ramírez, y nada menos que Luis Vich y Carlos Tutusaus. ! Prácticamente todos ellos veteranos con los cuales he vivido momentos determinantes de mi vida profesional. Alguien me dirá que no es éste el lugar para evocaciones personales, pero con ellos he compartido muchas y muy buenas cosas. ¡Cuántos acontecimientos interesantes podría contar cada uno de ellos, si quisiera.

Manuel Ramírez, Losada, Francisco Guzmán, Mas de Xaxas, Oscar Del Caz, Vich, Palet, Lucío, Tutusaus, Bellsolell y Arturo Gómez

Y qué decir de la mesa ocupada, entre otros por Javier Mariné, Federico Gallego y Antonio Llamusí. ¡Vaya trío de personajes y de profesionales! Si es verdad la mitad de las anécdotas que se cuentan de ellos, se podría escribir un libro muy divertido. Me gustaría saber si ellos rememoraron algunas de sus hazañas de juventud. Estoy seguro de que no han perdido un ápice de su memoria ni que se han visto afectados por un insólito y repentino ataque de timidez, de manera que sus compañeros de mesa debieron de pasarlo muy bien. ¿Por qué no se animan y nos lo cuentan en la web? Es una pregunta también directamente dirigida a Maria Teresa Subils, Eulalia Pérez, Àngels Herrero y al resto de presentes en esa mesa, los amigos Bayod, Bernardo Herrero y Joan Manuel Sirera.

Mariné, Teresa Subils, Bayod, Ladero, Lali Pérez, Gallego, Àngels Herrero, Llamusí, Sirera y Bernardo Herrero.

En todas las mesas encontré a personas muy queridas. A muchas de ellas hacía ya muchos años – demasiados – que no las veía. Tal es el caso de María Victoria Lacalle. Me produjo una profunda emoción reencontrarme con ella. Se la veía feliz. No me lo dijo con palabras pero el brillo de su mirada y su sonrisa eran más que elocuentes. Tenía que haberle preguntado por la buena de Ana Sender y por Leonor, pero tantas emociones acumuladas me lo impidieron. Sí le pregunté por mi buena amiga Matilde Benarroyo y me dio noticias de ella. Con María Victoria estaba otro de mis amigos de aquellos tiempos: mi querido Alfonso Boullosa, persona tan inteligente como emotiva. Y Giusto Pivetta, con el que trabajé tan a gusto. Y Javier Vigué, mi primer maestro, de los muchos que he tenido en esta gran escuela y universidad que ha sido Olivetti. Y Enrique Puig, con quien he compartido tantas sesiones de trabajo y cuyo primer recuerdo se remonta a un seminario en el que coincidimos hace ya no sé cuánto tiempo en el hotel Son Vida, de Palma de Mallorca. No sé si él se acordará. De Pepe Díaz Cordero, ese sabio de las montañas, que vino de lejos para estar entre nosotros, diré que me pareció verle alegre y conmovido, a la vez. Estaban también en esa mesa Josep Salvadó, nuestro veterano concesionario de Lleida, y Jordi Oliva, a quien correspondió la difícil y ciertamente incómoda misión de consignar en el correspondiente organismo de la Generalitat parte del rico patrimonio documental de nuestra empresa. Con emociones encontradas y mostrándose feliz por el éxito obtenido por su intervención, Maite Miró (que si algún día se decide a escribir sus memorias habrá que ponerse a temblar) ejercía de maestra de ceremonias en la mesa, acompañada por su inseparable Nùria Solé, aquella jovencita rubia y curiosa de mis primeros días en la fábrica. La primera olivetiana con la que me topé.

 Boullosa, Enrique Puig, Maite Miró, Josep Salvadó, Pepe Díaz, María Victoria Lacalle, Xavier Vigué, Nuria Solé, Giusto Pivetta y Jorge Oliva.

Vuelvo a lo dicho. Si me hubieran dejado elegir a qué mesa sentarme (que no fuera la que me habían asignado), no sabría cuál escoger. Todas estaban ocupadas por personas fenomenales. ¿Qué me decís de la mesa número 10? No le podían haber asignado un número más representativo, porque todos son compañeros sobresalientes. Presididos por la alegría contagiosa de Conchita Campmany, allí se habían congregado nada menos que Luis Bellsolell, Manuel López Río (a quien ya hay que darle el tratamiento de don Manuel), Paco Herrero, para este pobre escribidor otro compañero del alma, persona de corazón limpio a quien tanto debo. Él lo sabe. A pesar de ser dos personajes muy diferentes, para mí van siempre unidos en mis recuerdos, en mis afectos y en las lecciones de vida recibidas. Pero es que, además, en esa mesa estaba también Ezequiel Cabado. Nos dijo, como el que no dice nada, que el martes 20 se cumplirían 60 años de su ingreso en Olivetti con pantalón corto, cuando tenía sólo 14. Y también Francisco Guzmán. Ahí queda eso. Para nosotros, Curro. Creo que pusimos a prueba su enorme corazón. Para él, las emociones se sucedían una detrás de otra. Para muchos de los que él ya sabe, fue una de las mayores alegrías de la jornada el tener en la fiesta a un amigo tan querido. Todos los compañeros andaluces que no pudieron venir tuvieron en Curro Guzmán la mejor representación de esa tierra tan hermosa. Estaban también allí ese hombre perspicaz e inteligente que es Ramiro García Roca y ese veterano – olivetiano hasta la médula – que es Jordi Morató. Estaba también con ellos Francisco Moltó, que imagino lo pasó muy bien, y Vicente Atienza que decidió, con buen criterio, que aquella mesa le gustaba

Francisco Moltó, Paco Herrero, Curro, Atienza, Cabado, Manuel López Río, Jordi Morató, Conchita Campmany, Carreras y García Roca.

¿Dónde se había metido mi buen amigo Jaime Hernández Guillem? Pues donde solía estar siempre. Junto a los directores generales, claro. Con el máximo responsable de la actual Olivetti España, Antonio Moreno, y con su predecesor, José Luis Varas. Otra mesa que – como dicen los chavales hoy – yo me hubiera pedido. Pero no tiene sentido decir esto, porque me gustaban todas (casi tanto como la mía). Pero es que en esa mesa había otros grandes amigos. (A medida que voy escribiendo esta crónica – que debiera haber sido impersonal – me doy cuenta de la suerte que tengo al contar con todos ellos). Ahí me encontré a Gonzalo Pérez, a quien debo una de las mayores satisfacciones de mi vida profesional. El que quiera saber más que se lo pregunte a él. Y también a Primitivo Arango – un olivetiano de adopción y por convicción – a cuya profesionalidad tantos debemos tanto. Dimos un abrazo con toda el alma a Ricardo Talayero y le dijimos lo mucho que le queremos. A él y a Montse, su esposa. También estaba allí el amigo Carlos Suárez, nuestro “arbiter elegantiarum” y la sonrisa y la mirada luminosa de Raquel Pérez, la última en llegar a Olivetti, una de aquellas preparadísimas criaturas que eran los No Frontiers. Raquel es responsable, junto a Jordi Calvet, de la gestión de una parte importante del evento. En mis últimos años en Olivetti, cumplió con absoluta eficacia el difícil cometido de mantener fluidas y provechosas relaciones con los medios de comunicación.

Primitivo Arango, Antonio Moreno, Jaime Hernández Guillén, Ricardo Talayero

Carlos Suárez, Pedro Collado, José Luis Varas, Raquel Pérez y Gonzalo Pérez.

Mientras me paseaba entre las mesas, no dejaba de pensar en los compañeros que ya no pudieron estar con nosotros y para los que tuve un sentido recuerdo en mi intervención en la Conferencia de la Memoria. Además de los que cité entonces, me acordaba, como todos, de nuestros amigos Agustín Maneiro, de Torrent, de Alberto Fernández Rosales y de Ángel Sevillano. Se me hizo de nuevo un nudo en la garganta cuando me encontré con nuestro compañero Toni Rodríguez. De inmediato me acordé de su padre, Antonio Rodríguez, aquel olivetiano madrileño que tenía su gran corazón dividido entre El Escorial y Barcelona. Excelente persona, inteligente, vivo, ágil de cuerpo y de mente, amigo de todos. Desde los directores generales hasta el último ordenanza de la última sucursal. Todos le conocíamos y todos le pedíamos una solución para nuestros problemas domésticos. Desde los más banales hasta los más complejos. A todos nos atendía. Cuando te decía: “No se preocupe. Déjelo de mi cuenta”, sabías que el problema había dejado de serlo. ¡Qué gran persona, don Antonio Rodríguez!

Toni Rodríguez, digno hijo de su padre, compartía mesa con comensales procedentes de la comercial y del Stac. Estos últimos estaban representados por Javier López Bedoya y Julio Pérez. Por los comerciales, encontré a María Teresa Lázaro – joven veterana del primer censo – , Consuelo López, Marisa Alcaide y Mari Carmen Martínez. También José Royuela y Alfredo Ribera.

Alfredo Ribera, Mª Teresa Lázaro, Julio Pérez, Consuelo López, Javier López Bedoya, José Royuela y Marisa Alcaide.

Mari Carmen Martínez, Pedro López Olaya y Antonio Rodríguez.

Otra mesa “dominada” por el Stac es la que ocupaban Gregorio Álvarez, Baltasar Barceló, Eusebio Calvo, Valentín García, Antonio Pajuelo, Carlos Puig Graells y Manuel Jesús González. Le acompañaban Félix Serrano, gestor de personal en Madrid, amigo de tantos años. Recuerdo aquellas tertulias a la hora de comer a las que yo me añadía cuando iba a Madrid y en las que me encontraba con Félix, con Federico Gallego, con Miguel Tejerina, con Miguel Colina y algún otro cuya imagen ahora no consigo retener. En esa mesa estaba también aquel técnico ibicenco, Joan Clapés, cuya foto de unos jóvenes aprendices de mecánicos ganó uno de los premios del concurso fotográfico. Clapés estaba radiante de felicidad y no sólo por el premio.

Gregorio Álvarez, Baltasar Barceló, Juan Clapés, Carlos Puig, Antonio Pajuelo, Manuel J González, Valentín García, Félix Serrano y Eusebio Calvo

Otra mesa estaba presidida por la alegría desbordada y contagiosa de nuestras compañeras Coral Domene y Montse Moreno. La una madrileña; la otra, catalana. Coral, que mantenía intacta esa mirada franca y límpida de siempre, me tendrá que perdonar. Cuando la vi, mi pobre memoria la identificó con aquella compañera buena profesional – eficaz y serena – que siempre ha sido, pero no supe ubicarla. De ahí mi desconcierto, que ella quizá percibió. Luego alguien me recordó que trabajó en Sistemas, como una de las mejores colaboradoras de nuestro querido Antonio Florensa. Había llegado muy bien acompañada por cuatro fenomenales compañeros de Madrid: Ramón Cano, Julián Gómez Riesgo, Ángel Jiménez y “Juanchi” Ruiz Ayúcar. ¡Casi ná!

Juanchi, nada más verme y después del abrazo de rigor, me hizo una curiosa e inesperada pregunta. Me preguntó si aún seguía siendo fiel a mi equipo de fútbol de siempre. Pues claro. Es de lo poco que uno no cambia a lo largo de toda su vida.

Pos su parte, Montse estaba acompañada en la mesa nada menos que por Jordi Calvet, el maestro de ceremonias de la fiesta, por Vicente Marrodán y por Luis Solé. Además, completaba el conjunto Josep Lluis Cajigós, compañero de fábrica. Lejos de encontrarse desplazado, se integró en la fiesta como uno más. Recuerdo que me dio un gran abrazo y me dijo que estaba muy emocionado y que, cuando se decidió a asistir, no podía imaginarse ni por asomo la grandeza de nuestro encuentro.

Luis Solé, Cajigós, Montse Moreno, Marrodán, Ángel Jiménez, Cano y Julián Gómez Riesgo.

Jordi Calvet, Coral Domene y Juan Ignacio Ruíz Ayúcar.

José Alonso García, gallego de pro y a quien hacía mucho que no veía, se encontró muy bien en una mesa integrada por personal de Barcelona. Matilde Peña, Andrea Quílez y Teresa Salamía fueron las componentes femeninas del grupo. A Andrea le di noticia del paradero de la señorita Guixá, la rectora de la guardería. Está en una residencia barcelonesa, ya con muchos años. Allí estaban esos queridos compañeros que son José Manuel Gallego, Florencio González, Francesc Xavier Moré, Jovino Nieto, Llibert Niu y Antoni Saura. Son parte de la historia de la veterana sucursal de Barcelona. También me pareció que hacía un siglo que no me había encontrado con casi todos ellos ellos. Fue una alegría grande tenerlos allí, aunque me duele pensar que apenas pudimos intercambiar unas pocas palabras.

José Alonso, Francesc Xavier Moré, Llibert Niu, Antoni Saura, José M. Gallego, Andrea Quílez,  Jovino Nieto, Matilde Peña, Florencio González y Teresa Salamia

A pesar de ser la mesa más próxima a la nuestra, se me ha quedado casi para el final la que reunía a un grupo de queridísimos amigos. Allí estaba Eduardo Amorós. También su presencia, después de tantos años, suscitó en mí muchos recuerdos. Aquellas reuniones en la planta décima con el director general de turno, en las que Eduardo daba cuenta de unas gestiones de alto contenido técnico y económico. Sentados a la mesa estaban también los hermanos Esteve y Joan Pairés, magníficos profesionales y espléndidas personas. También encontré en esa mesa a mi amiga Anna Vicent, acompañada por una encantadora Montse Rodríguez. A Anna y a su marido Francesc, los veo durante el verano en la Cerdanya, aunque siempre de manera fugaz ¿Por qué, amigos?

También estaba Paco Escalante, la voz de la sensatez y el sentido común. Ceballos sentía una especial predilección por él. Conociendo a Paco, lo comprendo. Me produjo una muy particular emoción encontrarme, después de tanto tiempo, con Lluis Canela, un fenomenal informático. Estoy seguro de que se acordará de las horas que dedicamos, con la eficaz colaboración de Calduch, a analizar y programar los outputs de los censos que realizamos conjuntamente. Fue una de las épocas más enriquecedoras de mi vida, en lo personal. Lluis Canela tiene buena parte de culpa.

Completaban aquella espléndida reunión de compañeros nuestro querido amigo Jordi Anguera y esos estupendos profesionales como son Miguel Aresté y Vicente Corcín, que se unieron a la fiesta y a los que también hace mucho que no veía.

Aresté, Canela, Amorós, Escalante, Esteve Pairés, Anna Vicent, Joan Pairés, Monte Rodríguez, Jordi Angera, Anna Vicent y Vicente Corcín.

Y cerraba este conjunto de quince constelaciones la de la mesa que me asignaron. ¡Qué privilegio tan grande encontrarme con las personas que allí estaban, empezando por nuestro querido Juan Maiques, que había venido de Madrid para estar con todos nosotros! Recuerdo a Juan como compañero de mis primeros años en Olivetti, ya que ingresó poco después de aquella querida promoción del 63. Somos amigos desde entonces y desde entonces también hemos compartido muchas preocupaciones e inquietudes. Permitidme que le mande un abrazo a Lola, su mujer.

En esa mesa se daba una circunstancia insólita, que estoy seguro que no se daba en ninguna otra. ¡Habíamos coincidido en ella tres compañeros de colegio! Parece increíble, pero es rigurosamente cierto: Juan Luis de Llanes, Alfred Ferrer y este modesto cronista estudiamos el bachillerato en el mismo colegio. Con mi querido Juan Luis lo acabé en 1953. ¡Cuánto recordamos ambos de aquellos años que quedan ya tan lejos! Ellos dos entraron en Olivetti antes que yo. Llanes fue director de la sucursal de Sabadell y Alfred Ferrer, después de una variada carrera, acabó incorporándose al departamento de Planificación Operativa (no me preguntéis por qué se llamaba así) en la década de los 80. Se ocupó del servicio de control de precios, costos y descuentos. Alfred es una persona de fina sensibilidad y vasta cultura, dispuesto siempre a proporcionar información a quien se la pida. Lo sabe casi todo sobre nuestra empresa, sobre cine y literatura, sobre Barcelona y acerca de muchas otras cosas.

En la mesa estaba también Joan Ramon Gou, otro querido compañero: un ingeniero todo sentido común, singular inteligencia y fina ironía, que también, tras una experiencia en otras áreas empresariales, se incorporó al departamento para gestionar el servicio de programación y budget.

También nos encontramos con nuestro compañero José Antonio Pérez del Villar, economista y ahora todo un inspector de hacienda. Cuando entró en Olivetti, cumplido el proceso de formación, se integró en la entonces denominada dirección de Estudios Económicos. Hacía más de veinte años que no lo veíamos y apenas sabíamos de él. Fue una enorme satisfacción para todos el que acudiera a nuestra llamada. Tengo por él un singular aprecio y una deuda impagada por lo mucho que me enseñó.

Echamos mucho de menos a Miguel Colina, un querido integrante del departamento. En aquellos años tenía a su cargo la realización de estudios de mercado. Hace mucho tiempo que no nos vemos y sólo sabemos de él de manera indirecta, aunque nuestro afecto por él se mantiene intacto. ¡Qué lástima que no haya acudido a la llamada!

Por el contrario, todos tuvimos la enorme alegría de reencontrarnos con nuestras queridas compañeras Paquita Cortés y Silvina Barriolo, tan eficaces en un trabajo que llegó a ser muy exigente. Creo que hacía más de diez años que no las veíamos y fue todo un premio extraordinario reencontrarnos con ellas. A pesar de todo, pareció que el tiempo se había detenido. Recordamos aquellos primeros años del departamento, donde el trabajo no apremiaba y los años posteriores, de grandes desafíos profesionales, que superaron con holgura. Con un punto de nostalgia, hablamos de los tiempos pasados e intercambiamos noticias acerca de nuestras respectivas familias.

Cerraba nuestro grupo Àngel Argelich. En mi opinión, Àngel es el paradigma de esas muchas personas que han trabajado en nuestra empresa durante muchos años desarrollando una tarea poco brillante, que no siempre se reconoce porque apenas se ve, pero que es altamente eficaz. Contribuyen decisivamente a la generación de calidad y a la buena imagen de una empresa. Tutusaus quiso agradecérselo explícitamente en su intervención. Trabajé con Àngel durante los últimos años de mi vida en Olivetti. Todo lo mucho que hizo, lo hizo bien y su experiencia compensó de sobras mis carencias en determinados temas de comunicación y publicidad. ¡Gracias, Àngel!

Josep Ramon Gou, José Antonio Pérez del Villar, Àngel Argelich y Juan Maiques.

Alfred Ferrer, Paquita Cortés, José Manuel Aguirre, Silvina Barriolo y Juan Luis Llanes.

El almuerzo transcurrió acompañado por animadas conversaciones.

A la hora del café, Jordi Calvet dirigió unas palabras a los asistentes glosando muy brevemente unos rasgos distintivos de cada uno de los componentes de la comisión organizadora del evento. Sus palabras fueron acogidas por los asistentes con cordiales aplausos.

También informó acerca de las múltiples adhesiones recibidas por teléfono o vía mail de muchos compañeros que, no pudiendo participar en la fiesta, se unían de corazón a cuantos estábamos allí. Fueron más de setenta. Imposible dar cuenta de todas. Sirvan de ejemplo las de Gianni Di Quatro, Beppino Ponte, Anselmo Barrera, Enzo Biandrino y Enrique Arboleya, entre tantas otras.

A continuación se pasó a sortear una larga serie de regalos entre los presentes. Había obsequios para todos, si bien los más celebrados fueron las cinco paletillas ibéricas. ¡Qué las disfruten en buena compañía!

Durante el sorteo y en los momentos posteriores a él, hicieron uso de la palabra algunos de los compañeros y amigos.

Inició los parlamentos Josep Gubau, que del Centenario de la Fábrica de Hispano Olivetti. Nos explicó que, cuando dejó Olivetti, trabajó en Estados Unidos y Japón, pero nunca renunció a su condición de olivettiano. Hizo un claro resumen de las causas que, en su opinión, llevaron al final de nuestra empresa.
Miquel Margarit, con su esposa Elena Juscapresa, Concesionarios de Girona: Empecé a trabajar en 1957, aunque no en vuestra empresa. Para mí, ha sido un regalo trabajar para Olivetti.

Carmen Blesa, entusiasta representante del Stac de Barcelona, concreta y clara: Espero que todos podamos participar más veces en eventos como éste.
Lali Pérez, muy querida compañera de la Ronda en Barcelona. Muy breve pero emotiva: Me ha hecho mucha ilusión veros a todos.
Antonio Pajuelo, muy querido amigo del Stac: Estoy dedicando a mis nietos el tiempo que no pude dedicar a mis hijos por el trabajo. Viéndoos ahora a todos, me siento reconfortado por el sacrificio realizado
José Francisco Tomás Rebled, muy querido compañero y baluarte del Stac: Hemos trabajado desde el comité organizador con mucho cariño.
Raquel Pérez, muy querida colaboradora del evento: No podemos esperar la oportunidad del segundo centenario para volver a vernos.
Ezequiel Cabado. Entró de aprendiz y lo ha sido casi todo en Hispano Olivetti: En los prácticamente 60 años que empecé a trabajar en Olivetti, éste ha sido uno de los actos que me han dado mayor satisfacción.
Arturo Gómez, un muy querido compañero Comercial de Madrid: Dedicó emocionadas palabras de gratitud para los que había hecho posible esta reunión
Jaime Hernández Guillem: Dedicó unas palabras de homenaje para los miles de personas que trabajaron en Hispano Olivetti y recordó sus tiempos de lo que él denomina su “exilio” en Perú y México.
Eduardo Amorós: Se declaró totalmente olivettiano ya que entre otras razones, sólo ha trabajado en Olivetti en toda su vida. Felicitó a los organizadores y se extrañó de que  no se hubieran mencionado los manoseados conceptos de eficacia y eficiencia.
Joan Gou: Declaró que su memoria no era muy persistente, pero sí sus sentimientos. Fue el primero en inscribirse y si se presenta otra ocasión lo volverá a hacer. Que volvamos a reunirnos pronto y estemos todos.
Toni Rodríguez, muy recordado y querido compañero de la Ronda en Barcelona: Mi padre estaría muy orgulloso y satisfecho de estar entre nosotros hoy aquí.
Francesc Xavier Moré, muy querido compañero de Barcelona: Dedicó unas cariñosas palabras de agradecimiento a todos y asistencia al acto, particularmente a la comisión organizadora.
Primitivo Arango: Se mostró muy halagado por haber sido invitado al acto,  sintiéndose como un amigo más de todos y anunció estar trabajando en un viaje a Italia de los olivetianos.
Vicente Marrodán, en una emocionada lectura de unas poéticas letras alusivas al acto declaró la felicidad de sentirse profundamente olivettiano: Gracias al inventor de esta palabra

Alfonso Bullosa: Declaró que hacía  veinte años que no veía a algunos compañeros sintiéndose muy feliz por todo. Acabó pidiendo la continuidad de estos eventos.

Cerró el acto José Luis Varas. Después de agradecer a todos su asistencia y congratularse por el éxito del encuentro, anunció que la comisión organizadora asumía los siguientes compromisos:

1.   Plasmar todo lo que ha ocurrido en el evento en un soporte multimedia para distribución.

2.   Promover nuevas actividades, como el viaje de la próxima primavera.

3.   Mantener abierta la Web a manera de escaparate y tribuna olivettianos que sirvan de lugar de encuentro y  de participación con nuevas colaboraciones.

4.   Promover la continuidad de otros eventos como el presente.

5.   Promover la integración de los olivettianos en alguna forma de agrupación o asociación de este colectivo para favorecer la continuidad de las relaciones personales.

José Luis acabó su breve intervención con estas palabras:

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