
La selección debió ser simultánea y múltiple en más de un centro de COMESA. Sólo a partir del 5 de abril de 1971 los admitidos de aquel grupo para técnicos STAC pudimos vernos juntos y hacernos una idea de cual era el alcance de aquella contratación iniciada con anuncios de prensa generalista. Valentín García y yo procedíamos de Madrid en el mismo lote y ambos éramos ingenieros industriales; también apareció en Barcelona Clemente que también era ingeniero industrial. Otros seis peritos industriales de los que recuerdo los nombres de Docampo, Pajuelo y Solís, se incorporaron también el 5 de abril al acto de presentación en la Sala de Demostraciones del edificio de Ronda Universidad 18. Por la empresa los primeros en aparecer fueron Trenado y Compostizo, a los que identifiqué como examinadores del equipo que actuó en Madrid, en Conde de Peñalver. Pero en tanto que Valentín García y yo nos volvimos a ver ya en la noche del domingo de nuestra llegada en el Hotel Regina, que era donde nos había reservado alojamiento COMESA, el resto tenía otra logística y ello condicionó desde ese momento mi relación muy próxima con Valentín. Él había venido en tren y yo conduciendo mi 850.
Tras una primera información de carácter administrativo acerca de las condiciones del período de integración en las cuales se nos informó que, tras los primeros tres días de alojamiento pagado para los forasteros, todos tendríamos que procurarnos la supervivencia por propia cuenta, supimos que el período de formación sería en Barcelona, duraría tres meses y a su término los que lo superasen serían destinados a prácticas en talleres diferentes del Servicio de Asistencia Clientes de Comercial Mecanográficas S.A. Los viajes y la estancia de tales etapas se harían bajo el régimen de dietas y gastos normalizado, que estaba escalafonado por categorías de personal y de ubicación geográfica, no importando que el contrato siguiese siendo eventual.
Mi sueldo mensual debía ser unas 22.000 pesetas (de 1968) aunque no conservo nóminas, pero a lo largo de aquel año los conceptos de viaje, dietas y ayudas de traslado fueron significativos, todo ello suponía duplicar mis ingresos anteriores por trabajo, de los que tenía que detraer 7.800 pesetas de hipoteca mensual de un piso Madrid que todavía no había ocupado, porque seguía viviendo en casa de mis padres. Aunque ahora eso está olvidado, por aquellos años los ingenieros no teníamos Seguridad Social para enfermedad y eso lo cubría una Mutualidad voluntaria y equivalía a algo más de neto, pero en cambio era un problemón si enfermabas grave o, peor, si te casabas y tenías familia: Lo de los “puntos”, invento de Franco, como la Seguridad Social, no era para los ingenieros.

Tras el informe administrativo, que fue concreto y técnico, aunque dejando abiertas todas las interrogantes del futuro a medio plazo, el programa de integración comenzó llevando a todo el grupo de aspirantes a la planta 5ª, a que fuesen recibidos por el Director STAC, Luis Bellsollel. La arenga fue breve, diplomática y cuidadosamente protocolaria, pero durante la misma vimos caras importantes y, en mi caso, no rostros no nombres (**) pero si rasgos nmotécnicos que los supliesen, memoricé una cabeza muy grande en contraluz del ventanal que daba a Ronda, y ocupaba una mesa cercana a la del Director.
Allí nuestro grupo se incrementó con cuatro o cinco residentes en aquella quinta planta y, guiados por las escaleras por Bellsollel, subimos no se si tres plantas, en cada una de las cuales, desde el rellano, el Director STAC ejerció de cicerone con una ristra de siglas y definiciones departamentales que ninguno consiguió memorizar, pero sí que asimilamos que el nivel del piso sobre la calle era un grado de otra clase de nivel.
Luís Bellsollel
Finalmente, en la 10ª Bellsollel hizo antesala ante una puerta cerrada y, esperó sin llamar hasta que una señorita abrió y sonriente nos precedió hacia el interior que era un mosaico de despachos vacíos con alguna mujer mayor y decoración siglo XX de gusto especial. Dos puertas más allá, una figura blanca, grande, avanzó hacia nosotros en un gesto que debía ser acogedor, pero que codifiqué como el de un enorme oso polar. Era el Ingeniero Ricardo Berla, familiar Olivetti no consanguíneo que Italia había enviado para desplazar al antiguo Director Doctor Vernetti, el que había soportado la posguerra y el aislamiento español, estabilización incluida, haciendo crecer la empresa en circunstancia difícil hasta convertirla en una consociada ejemplar de la multinacional Olivetti, (pero esto lo se por la historia de Aguirre, en aquel momento decir que lo sabíamos o que nos lo contaron sería anacronismo, estoy intentando situar en el tiempo los personajes principales para que los eventuales lectores de esto se sitúen, ha pasado más de medio siglo).

Ricardo Berla
El discurso de bienvenida a la empresa, empresas porque aquí también apareció la Hispano Olivetti como el gran coloso industrial que la sombra de Comercial Mecanográfica no podía ocultar, fue más amplio, florido y multilingüe que el del Director STAC. Estuvo claro desde el primer momento que Berla se gustaba y le gustaba gustar, un personaje de un siglo y un tiempo que ya no existen: Un civilizado ciudadano del mundo clásico. Apenas si le llegaría a tener cerca después en un par de ocasiones y nunca en su despacho, pero sí que me quede con su nombre y su personalidad en aquella jornada auroral, merecía el esfuerzo.
El grupo permaneció en pie a unos dos metros del gigante blanco durante el discurso. Si sois observadores sabréis que los humanos en ausencia de referencias sociales concretas tendemos a colocarnos por un orden jerárquico instintivo, en el que los más inexpertos están delante, los más autoritarios detrás y con un cierto criterio de estatura creciente de delante a atrás. En nuestro caso, salvo Bellsollel que ocupó un lugar flotante en tierra de nadie al lado izquierdo, el resto nos dispusimos en tres filas. Yo estaba en la segunda y tras de mí los elementos veteranos que se nos habían agregado durante la ascensión a los cielos.
Berla hablaba de una transformación en curso, una transformación profunda en Europa, en el mundo… en España. Una transformación imparable que cambiaba la tecnología… la eletrónica… un cambio profundo que modificaba las costumbres y la sociedad y que, nosotros, llevaríamos a cabo… Hablaba bien el español con un acento simpático como el de los italianos cultos y disfrutaba haciendo dejes en su propio idioma, como adornos, sabiéndolos innecesarios para la comprensión del mensaje…
“Tiene rozado el cinturón…”_ fue un susurro tras de mí_ “Ya no es lo mismo… no es lo mismo…”
Me fijé que el cinturón de cuero era lo único oscuro en la silueta del oso polar, pero yo no veía el defecto, quien lo había apreciado debía tener una vista agudísima… o es que hablaba a sabiendas. No me volví, pero me desconcentré del discurso desde aquel momento. Tras de mí estaban, seguro, los dos Puig, Piña, tal vez Vergés y Yagüe (**) … y no se si Compostizo y Trenado que venían desde la planta baja; había más gente desde luego, agregados espontáneos en el safari por los rellanos altos, estos nombres, evidentemente, los reconstruiría después… Fue un chisme importante porque me informó del ambiente en el nivel oficioso que se vivía en aquel mundo, que se nos presentaba tan cargado de protocolo. Pero no puedo decir quien fue el delator de la rozadura del cinturón de Berla, puede que ande por aquí y puede que lea esto, pero yo no se quien fue.
Tras la presentación a la divinidad, hubo algunas otras más confusas y aparentemente improvisadas y luego hicimos el descenso a la sala de planta baja donde nos dieron prolijos programas de lo que iba a ser nuestra primera semana de formación.

Comimos en algún restaurante de las inmediaciones con vales de empresa. Por la tarde, creo que, hubo una sesión de preguntas y aclaraciones, a cargo de Trenado y Compostizo que eran gente del STAC hibridados en Administración con una relación nebulosa. También se presentó ahora el director de la Escuela STAC, Juan Piña, evidente y acústicamente andaluz, sevillano para ser precisos, y también el hombre en contraluz de la cabeza grande, éste se llamaba Enrique Puig (pronunciado Puch por los charnegos) e insistió en que no le confundiésemos con otro Puig, este de nombre Carlos, que se ocupaba de resolver otra clase de problemas. Esto subliminalmente sugería distancias y lo anoté. Para mí a pesar de mi incapacidad perceptiva eran inconfundibles, Carlos tenía la cabeza mucho más pequeña que Enrique. Andando el tiempo y después de baqueteado por la línea, aprendí que en el argot STAC Carlos era el “Puig bueno” y Enrique el “Puig malo”, pero tiempo habrá de explicaciones… todavía no hemos llegado a eso.
Juan Piña con Mari Carmen, su secretaria.
De acuerdo con el programa que nos plantearon en esa semana seguiría un ciclo de presentaciones de los órganos de la empresa y sus productos, más adelante estaba previsto un plan de formación en la Escuela STAC de unas doce semanas. La escuela estaba en un anejo de la fábrica Hispano Olivetti en la Plaza de las Glorias. Las ayudas de los desplazados de provincias se terminarían en 48 horas y debíamos proveer nuestro alojamiento, si bien la comida diaria seguiría siendo a cargo de la empresa. Para ello habría alguna flexibilidad del horario normal, ya que encontrar alojamiento temporal en Barcelona en aquella coyuntura era cuestión ardua.
Efectivamente, a la noche en el Regina, Valentín y yo habíamos empezado a hacer prospección de alguna fórmula, Valentín había sondeado ya la oferta de apartamentos de temporada, pero en mi caso, que tenía a cortísimo plazo fijada la boda con mi novia, el problema era doble: Primero debía ahorrar lo más posible, porque la hipoteca del piso de Madrid era inexorable, pero encontrar un alojamiento de recién casado medianamente digno se presentaba una utopía inasequible. Antes de terminar el ultimátum me busqué una pensión en el barrio de Horta, condicionado por la línea de metro de Plaza de Cataluña y de Glorias, porque aparcar el coche en el centro era también impensable. Por lo menos conocía Barcelona de tres visitas fugaces y su estructura urbana me resultaba familiar. También contaba con un amigo de la infancia recién casado que vivía en la calle Industria y me suponía un apoyo providencial. Con todo, mi porvenir inmediato me parecía complicado porque no sabía cómo sería la exigencia técnica que se anunciaba, que no parecía nada teórica ni tener relación con mis conocimientos acumulados en la carrera o en las empresas en que me había desempeñado hasta entonces: ¿Qué sería esto de asistir máquinas de oficina?
Los días siguientes empeoraron ese pronóstico, no un poco, mucho … muchísimo. En una planificación cuidadosamente ensamblada se fueron relevando los departamentos comerciales de COMESA presentando sus productos, sus técnicas de venta, sus fortalezas y debilidades, sus planes de desarrollo. Y, por encima de todo, sus exigencias de servicio cara al futuro inmediatísimo, tanto de instalaciones de productos nuevos diferentes y críticos como de mantenimiento de parques de material enormes, antiguos, heterogéneos, dispersos y ¡gran terror!, manejados por un espectro de usuarios que cubría todo lo imaginable en la población española, desde un Ministerio al completo a la restisuma de un puesto de aceitunas en un mercadillo itinerante de la Sierra de Segura.
Es difícil que exempleados vitalicios del mundo Olivetti se pongan ahora mentalmente en la situación de enfrentarse al parque Olivetti de hace 55 años, así de golpe, sin saber la semana anterior como era el mercado de la empresa. Olivetti era un monstruo económico que lo penetraba todo: Todas la actividades, todos los estamentos humanos, todas las clases sociales, todos los niveles de formación (o desinformación) de usuario, …todos los rincones de la geografía urbana y rural, islas, conventos, cuarteles, burdeles, cárceles, leproserías, coches de atestado de La Guardia Civil y buques en tránsito portuario incluidos. Pero había una cosa más terrible todavía, por lo menos para mí: Había que contar con enfrentarse a toda clase de indignaciones de cliente frustrado, desde el sacristán triste por su Studio 44 desalineada en Cabra del Santo Cristo, al iracundo señor Escoriaza arrastrando una Audit con su Mercedes por el Paseo Sagasta de Zaragoza.
Fue una avalancha de siglas GL, DMC, SEO…; modelos, catálogos, índices (Sucursales, Delegaciones, Concesionarios) estadísticas, procedimientos, competidores, proyectos… Pero por encima de todo fue una muchedumbre de caras y personas inmemorizables lo que los comerciales de COMESA, en perfecta sincronización de relevos, vertieron sobre nosotros en aquella semana de integración. Reconozco que por lo menos yo quedé sumamente confuso y sólo pude memorizar dos figuras: Un hombre joven peinado con raya en medio, con las hechuras de Orson Welles, que presentaba su departamento dando saltitos arriba y abajo de la tarima, una técnica hipnótica que luego he visto en muchos vendedores de cosas invendibles como participaciones de multipropiedad y al que después reconocería como el Director Ceballos. Y una figura menuda con perfil de ardilla lista, que sin ningún escrúpulo aseguró que las cifras de venta previstas por él eran unas magnitudes carentes de error, se llamaba Aguirre y, sin ninguna duda, es el mejor analista de Previsión Operativa que he conocido en mi vida.
En medio de la confusión de aquella catarata de información emergía una idea nuclear muy novedosa para mí: Yo, hijo de comerciante de pañería, acostumbrado a ver trabajar a mi padre con un estilo verdaderamente artístico: “Mi querida Doña Eduvigis, la veo a usted… no se, ¿acaso algo más gruesa? … Vea este estampado… rayas verticales ¿Qué le parece?, ¿Salimos a verlo con luz del día?…” _ Y regresaba de la calle sacando las tijeras del bolsillo para hacer el corte. La venta era algo azaroso, misterioso… dependía de Doña Eduvigis, de sus carnes, de las rayas del estampado, de la luz del día… ¿del humor vigente de la Providencia?
Nunca quise ser vendedor. No hubiese podido. Tampoco juego a la lotería, ni confío en el azar para nada… ¡Y ahora viene este joven con perfil de ardilla y dice que si el vendedor de este distrito no vende los puntos que él ha pronosticado, hay que despedirlo sin más y poner a otro!… pero ¿y Doña Eduvigis, no tiene nada que decir?
Aquella semana increíble llegó a su fin con un señor catalán calvo que, sin previo aviso, se puso frente a la audiencia de la sala de demostraciones y de un gorrazo desautorizó todo lo que hasta ese momento habíamos escuchado: “Cuanto ustedes han oído hasta ahora: Ventas, premios, puntos, promociones… ¡éxito!… ¡¡¡Sono balle!!!
…¡¡¡Nada!!!… ¡¡¡No sirve para nada!!!… Aqui solo cuenta una cosa : IL RECUPERO DEL CRÉDITO.”
Todos caimos del guindo. El paraíso comercial se había hecho añicos. Si vendes y no cobras: tú, ni vendes, ni tienes puntos, ni tienes comisión… ni tienes empleo. Solo una cosa importa: IL RECUPERO DEL CREDITO.
Se llamaba Palet, Juan Palet. No se si se llevó un aplauso. Como si se lo hubiese llevado. ¡Qué tío!
Y aquel fue un broche digno para aquella semana inolvidable.
Carlos Rubio
Junio 2026